Mostrando entradas con la etiqueta pacientes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pacientes. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de diciembre de 2015

Mensaje navideño

Niños y niñas, chicos y chicas, adolescentes maduros e inmaduros, adultos de verdad o aquellos que todavía se creen niños,  señores y señoras hemos llegado al fin de este blog que, como ya comenté anteriormente en otra entrada, se ha convertido en algo más que un trabajo de clase. Como se acaban ya las prácticas el martes, también se acaban las anécdotas, se acaban todos esos buenos momentos que he pasado junto a mis compañeros, junto algunas enfermeras las cuales me han enseñado mucho, junto a esos pacientes/acompañantes que me han robado un pedazo de mi alma.
Llega la Navidad, una época supuestamente feliz, y digo supuestamente porque realmente no vemos lo que pasa en el mundo. Que mientras nosotros cenamos con nuestras familias, otros están durmiendo en la calle, otros trabajando y otros ingresados en el hospital... Así que solo pido que nos acordemos de toda esa gente, aunque sea por un momentito, que hoy a 20 de diciembre está todo el mundo pendiente de quién gobernará España (gobierne quien lo gobierne... esperemos que lo haga bien), pero tampoco voy a meterme en temas de política, porque no es lo que os quería pedir. Solo que os acordéis de esas personas que no tienen tanta suerte de estar en sus casas por cualquier motivo o de esas que ni la tienen. Recordaros que no os agobiéis, que ahora viene la época de exámenes y hay que confiar en que se puede, chicos. Siempre recordaré aquellas clases en las que nos decían que no dijéramos delante de los pacientes que era la primera vez que hacíamos tal cosa... Yo creo que realmente al paciente le da igual. A mí que me dijeran tantas veces eso realmente me sirvió para una cosa: para creérmelo. Yo llegué al hospital pensando que ya había pinchado más veces, que había retirado mil sondas vesicales antes o que ya había realizado gasometrías a 20 personas anteriormente. Que el poder de convicción de "yo sé que puedo con esto" existe y realmente sirve de mucho. 



Y ya para despedirme, mucha suerte a todos, en vuestras carreras, en vuestros trabajos, en todo. Espero de veras que hayáis aprendido algo de lo que realmente es la enfermería y también que hayáis disfrutado de las miles de vivencias que, como podéis comprobar, se pueden llegar a dar en un hospital. 




Un saludo y hasta siempre. 
Firmado: Esther. 

PD: Si en las próximas prácticas ocurren cosas nuevas o anécdotas graciosas que contar, no dudéis que las plasmaré aquí, así que... seguiremos en contacto.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Vida o muerte

Algo evidente en una unidad de cuidados paliativos es que tarde o temprano casi todos los pacientes terminan muriendo. Puede que no allí, puede que no en un mes, pero mueren.
Si están allí es porque padecen algún tipo de enfermedad que irreversiblemente les va a llevar a la muerte. Es triste, es desconsolador, pero es así.
Muchas veces te deprimes pensando en que el azar puede hacer que tus familiares, tus amigos o tú mismo acabes así. Pero la mañana es demasiado corta como pararse a pensar en esas cosas, así que lo dejas y sigues con lo tuyo.

A pesar de que sabes que los pacientes pueden morir en cualquier momento hay determinados signos que te indican que se acerca el momento. Durante su enfermedad sufren innumerables signos y síntomas, pero hay 3 específicamente que cuando aparecen juntos, simultáneamente, son indicativo de lo que a mí me gusta llamar TRIADA DE LA MUERTE PALIATIVA.

Pueden ser unos signos clínicos, que nos explicó amablemente el médico de la unidad, unos signos ambientales, que describo muy acertadamente yo, o un factor determinante que puede acelerarlo.



Primero los signos clínicos. Si lo piensas tienen bastante sentido. Primero la fiebre. Tener fiebre siempre indica que algo falla, no sabes qué puede ser, puede no ser nada grave, pero algo va mal.
Luego la anuria, o ausencia casi total de producción de orina. Esto es un indicativo evidente de que los riñones no están haciendo lo que deberían, y eso ya sí que supone un problema.
Por último tenemos la apnea, que no es más que la interrupción transitoria de la respiración, que se recupera después de unos instantes.

Por separado pueden ser incluso inofensivas, pero juntas son indicación importante de que los órganos están empezando a fallar. Y en un paciente paliativo eso ya es premonitorio.


Luego yo, en mi infinita sabiduría y experiencia, he descrito 3 signos que son indicativo de que al paciente en concreto no le espera más de una semana de vida. De momento es infalible.


El primer signo que aparece es en la medicación, más concretamente en si se les pauta o no un infusor. Un infusor es un instrumento que se utiliza para que se administre medicación de forma continua durante un periodo de tiempo que puede variar. En nuestro caso se cambian cada 24 horas. En ellos se administra la morfina, junto con otros sedantes, analgésicos, antipsicóticos, diuréticos... todo ello diluido en suero para que el efecto no sea tan drástico.


El segundo signo en aparecer es la mudez, o la incapacidad de comunicarse verbalmente. Porque no pueden, no tienen fuerza o no están conscientes para hacerlo, la cuestión es que dejan de hablar. Y eso ya es importante.

El último signo, fundamental, drástico, trascendental, es el determinante de la situación que se avecina. Es, efectivamente, el cambio de habitación.
Dado el nivel de gravedad que implica algunos pacientes pasan directamente al fallecimiento sin sufrir el cambio de habitación.
Bueno lo explico porque suena un poco absurdo.
Las habitaciones del hospital son casi todas dobles, así que tanto pacientes como familiares comparten habitación. Ya es malo perder a un familiar en un hospital, pero tener que hacerlo con un paciente y su familia al lado es bastante incómodo. Más aún si el paciente de al lado está consciente y se entera de que su compañero acaba de morir. Tener que ver como lo pasan por delante suya... un poco raro, vaya.

Así que el cambio de habitación generalmente (no siempre) implica que el paciente va a fallecer próximamente y se le mueve a una habitación individual (si las hay disponibles) para que tenga más intimidad y sea menos incómodo para las otras familias y pacientes.

Así que cuando ves a un paciente que está siendo trasladado a una habitación individual ya sabes lo que le espera. Tú y todo el personal. Así que todos lo miran y piensan lo mismo. Es básicamente el paseo de la muerte.

Aunque estos signos suelen aparecer en una triada para ser definitorios, el más importante de ellos es el cambio de habitación, que puede ocurrir sin que los otros hayan tenido lugar, y tiene el mismo o más significado.

Pero al margen de estas dos triadas, existe algo que puede ser fatal para los pacientes. Algo mucho más horrible, grave y premonitorio. Se trata de la visita del "Ángel de la muerte".


No es superstición, ni espiritismos ni nada parecido.
Emulando a los sucesos de Anatomía de Grey, tenemos a nuestro propio 007 (licencia para matar) de la planta. Eso si es caché.
Se parece a estas noticias que hablan de gatos que entran en la habitación de un paciente que va a morir próximamente.
Nuestro Ángel de la muerte hace lo opuesto: su presencia en la habitación de un paciente desencadena la muerte de este. No es nada que haga o deje de hacer. Su mera presencia es suficiente. Incluso va por los pasillos con una capa negra y una guadaña. Bueno esto último es mentira (no como todo lo demás). Hay que decir que el vacile es importante.

Dejando de lado el humor es realmente impactante cuando tras pasar varias semanas en el hospital ves como los pacientes sufren un empeoramiento repentino y, pasando por las mismas etapas, llegan a su irremediable destino.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Pacientes e impacientes

Cuando estás en una unidad de cuidados paliativos ocurre algo curioso, y es que a pesar de estar en una unidad de hospitalización puedes marcharte un fin de semana (o un puente) y volver la semana siguiente encontrándote con que en casi todas las habitaciones hay pacientes nuevos.

Obviamente no te preguntas qué ha pasado con esos pacientes, ya te haces una idea aproximada, así que te dispones a ir conociendo a los nuevos.
Por lo general cuando hay ingresos conoces más a los familiares que a los pacientes, ya que estos suelen llegar ligeramente inconscientes, y lo único que puedes hacer es mirar para ellos y pensar "llegando así poco va a aguantar...".

Pero al cabo de unos días te sorprendes al ver que empiezan a mejorar y cuando van recuperando un poco de vida vas empezando a conocerlos. Algunos son gente realmente amable y simpática, que te agradecen todo lo que haces y siempre tienen una sonrisa para ti. Otros, bueno, no tanto...
A pesar de que cada paciente es un mundo y no he podido diferenciar una gran diversidad voy a hablaros de los tipos de pacientes con los que me he encontrado durante estas 3 semanas de prácticas.

  • El que está, pero no está: dentro de esta categoría se incluyen la mayoría de pacientes que hay en paliativos. Son los que están allí tumbados, casi sin moverse. Ya los reconoces por el número de habitación en el que están desde que tú llegaste. Nunca has escuchado ninguna palabra, al menos entera y en español, que haya salido de sus bocas. A pesar de ser los pacientes menos activos son los que más actividad exigen. Es sorprendente la capacidad que tiene alguno para absorber chutes de estupefacientes que dejarían en coma a un elefante. Y aunque hay días que parece que están fatal siguen aguantando con toda la fuerza que les queda. Son como esos abuelos que todas las navidades te dicen que esa va a ser su última y al final acabarán enterrándonos a todos...
  • El paciente, paciente: este tipo de paciente suele ingresar con un estado general bastante deteriorado, pero con el paso de los días va mejorando bastante. Son los que cuando pasas por la mañana te saludan, los que te vacilan, y con los que te diviertes. También son esos que siempre que pueden preguntan cuando podrán irse a casa, y tú casi que deseas que puedan irse, pero es muy, muy, muy difícil. El mejor momento es ese en el que finalmente le dan el alta, y tú vas a su habitación a despejarlos de todo lo que tienen enganchado o pinchado. Ahí sufres por si les haces una masacre y les obligas a quedarse allí más tiempo.

  • El paciente, impaciente: este es un grupo exclusivo de pacientes. No están inconscientes, pero en muchos momentos desearías que sí. A veces tú y tu mente perversa planeáis sedarlo para que deje de darte el coñazo. Es el paciente que empieza a pulsar el timbre como si no hubiese un mañana para decirte que los 10 litros de aire que le estás pasando por la mascarilla no le están llegando. Tú, precavido, lo compruebas y descubres que no solo sí le llega el oxígeno sino que tiene más concentración que tú, que tienes 50 años menos. Así que le dices que no se preocupe que no hay ningún problema. Pero te hace volver a la habitación, a ti y a 5 personas más con sus gritos, solo para decirte que sois una pandilla de incompetentes. Tú piensas como puede ser que una persona tan vulnerable tenga tanta fuerza para quejarse, así que sonríes y piensas que en vez de sedarlo vas a meterle un poco de cianuro potásico en el colacao de mañana.
  • El paciente doctor: le han diagnosticado una enfermedad, y para ponerse en situación se ha leído la Wikipedia. Todo perfecto, pero no se ha quedado ahí. También se ha visto enteras House y Anatomía de Grey, y entonces ahora se toma la libertad, no solo de comentar, sino de cuestionar todo lo que se le hace. Sugiere "amablemente" que deberíamos hacer lo que él propone porque ya sabe muy bien todo lo que le pasa y cómo solucionarlo y no necesita que nosotros aportemos ideas con nuestros conocimientos absurdos. Básicamente se ríe de lo que todo el personal ha estudiado y decide que leer 3 páginas de internet es más efectivo. Lo más rápido es darle la razón pero hacer lo que a ti te de la gana.

  • El paciente curioso: este no tuvo tiempo de leer la Wikipedia ni de ver la televisión después de que le diagnosticasen la enfermerdad, así que ahora se preocupa por conocer su estado de salud. Si tiene fiebre, lo quiere saber. Si no, también. Y cada vez que se le enchufa medicación quiere saber qué es y para qué sirve. Esto te pone en un aprieto a ti, que te cargan con bolsas de líquidos diversos y tú sin tener ni idea de qué son vas repartiendo por toda la planta. Cuando te preguntan qué le hace lo que le estás poniendo, tú tiras de genéricos y le sueltas un "esto es <<introducir el primer nombre que leas en la bolsa>>, que va bien 'pá todo', así en general".

miércoles, 9 de diciembre de 2015

El trabajo y la experiencia

Cualquier experiencia en la vida te aporta algo. Y la mayoría de las veces es bueno, porque hasta de las malas experiencias se aprende.
Cada paciente que pasa por ti te enseña algo: que hay gente muy rara, pero inofensiva; que hay gente muy egoísta; gente muy resentida, que lo paga con el mundo; gente muy reservada; y muy buenas personas, por supuesto. 

Un trabajo como este te da la experiencia de tratar con todo tipo de personalidades. Aprendes que muchas veces es mejor dar la razón, porque no ganas nada discutiendo, aunque sepas que estás en lo cierto, o como alegrarle el día a alguien que lo está pasando mal... Son habilidades que un trabajo como este te otorga sin pedírselo.

Con el tiempo vas sabiendo cómo actuar ante cada uno. Cuando llevan bastante tiempo ingresados ya sabes cómo hacer para ponerte de acuerdo con ellos, y cuando son nuevos vas estudiándolos poco a poco a través de sus acciones para tener una idea de cómo van a actuar. Todo un auténtico trabajo de investigación, sí señor. 
Pero ante todo no se debe caer en la rutina. Con esto me refiero, por ejemplo, a que siempre hay el típico paciente pesado que se queja por todo, y lo normal es que te sature y termines por pasar de él. Pero por culpa de este tipo de pacientes, cuando alguno de los que nunca protestan se queja por un dolor, que es totalmente real, es tratado como si en realidad no lo tuviese. Como se suele decir "pagan justos por pecadores".

Hay de todo un poco, y esto también se aplica a los acompañantes, como no (en realidad esto que os digo de ser pesado y estar pidiendo cosas todo el rato, suele ser más manifestado por los acompañantes que por los propios pacientes, por ese afán de protección que tienen).

Conoces a gente feliz, y a gente desamparada. 
Es triste ver a personas que pierden la esperanza, o a personas que están enfadadas con la vida y lo pagan contigo. Entiendo que puedes no darte cuenta de tus actos cuando estás mal, pero hay gente que simplemente es así. Son ese tipo de gente que no valora que lo que tú haces por ellos es ayudarlos, o por lo menos eso intentas. No somos superhéroes, no les vamos a salvar la vida (bueno, a lo mejor sí, quién sabe), pero tratamos de hacerla lo más llevadera posible, y duele ver como hay personas que creen que quieres hacerles daño, o no lo sé. En realidad no entiendo el por qué de ese desprecio por el trabajo que hacemos. Supongo que es nos pasa muchas veces, que no sabemos valorar las cosas.


Mismo problema, distinta reflexión.

Parece que hoy no es un gran día, Esther no es la única que ha perdido un paciente. Por desgracia puedo incluirme en esta lista. 
En mi caso no fui a la habitación cuando el paciente ya había muerto sin estar avisada, sino que fuimos a ver por qué el paciente tenía obstruida la sonda, cuando nos dimos cuenta de que algo no marchaba bien. Se murió delante de mí, y pude ver como daba su último aliento. Totalmente literal. 

Mi enfermera me dejó un rato a solas con mi paciente mientras avisaba al médico. Fue poco tiempo, pero me sirvió para pensar en muchas cosas. No me planteé la muerte, porque era un paciente muy mayor, sino la vida. Pensé en que no somos nada. En que no somos nadie. 
Un día estamos y al siguiente no, y las pocas personas que nos recuerden al poco tiempo tampoco estarán. Qué es una de nuestras vidas al lado de toda la eternidad? Por qué nos importa tanto lo que nos pasa? Por qué lloramos, por qué sufrimos por pequeñas tonterías... si todo se acaba olvidando? Cuántas veces habremos jurado que sería el peor día de nuestras vidas, y luego ha pasado y no era para tanto... (¡Que mal lo pasé en Selectividad! Y ahora, aunque lo recuerde como un día malo, no me influye para nada en mi vida). Y cuántas veces habremos pensado que el amor de nuestras vidas nos había dejado, hasta que encontramos a alguien y nos damos cuenta de que habíamos estado sufriendo por alguien que no valía la pena? 

Todos los problemas son tan grandes cómo los queramos hacer, por eso creo que no deberían importarnos tanto las adversidades que nos encontremos, porque sean cuales sean, somos nosotros quienes decidimos cómo afrontarlas.
Vale, sí, me leéis y parezco un libro de autoayuda. No es mi intención, porque para poder dar un consejo hay que saber aplicárselo a uno mismo. Es tan sólo una reflexión. 
Nuestros actos deberían estar encaminados a que el poco tiempo que tenemos merezca la pena, en ser capaces de ser felices y hacer lo posible por conseguir que el resto de la gente haga lo mismo.

Cómo me enseñó una vez alguien que ya tampoco está: 

"Todo lo que somos es polvo en el viento".


viernes, 4 de diciembre de 2015

Viernes 13

Los viernes son días complicados, se mezclan muchos sentimientos y tu personalidad se trastorna a medida que avanza el día.
Por una parte estás agotado de toda la semana y solo piensas en el momento de llegar a casa y tumbarte en tu cama a disfrutar del maravilloso puente. Y claro, es viernes y también quieres irte pronto, así que a partir de media mañana empiezas a hacerlo todo a correr. Y las prisas son malas para todo... Pero empecemos por el principio.
Empezaba el viernes con la expectativa de que mis compañeras de unidad me iban a abandonar, así que tuve que asumir que tendría que cargar con el triple de pacientes que un día normal. Esto suponía una perspectiva interesante para mí viernes.

Por suerte, una arrepentida volvió a mí y yo la acogí entre mis brazos aliviado, viendo así truncada mi más que probable futura muerte ahorcado entre cables de tensiómetros.
Así pues nos dirigimos a la planta unos minutos antes de lo normal (casi puntuales). Al llegar nos disponemos a entrar en acción lo antes posible para poder paliar los efectos de la baja de uno de los proyectos.
La reacción de nuestros enfermeros nada más vernos llegar con prisas y ganas de ponernos a trabajar: "¿queréis café?". Tengo que decirlo. Si ya pensaba que mi enfermera era un sol antes, con esto ya me derritió. Porque realmente no tendrían por qué molestarse en ser amables con nosotros. Y aún así lo son (en general, claro) y eso hace mucho más agradable compartir las mañanas juntos.

Tras rechazar el café (que ya aceptaríamos a media mañana), nos disponemos a empezar la rutina. Y aunque el trabajo de más se nota ligeramente no nos trastoca. Todo se altera cuando empiezan a aparecer altas. Sí, ALTAS.
Por una parte te alegras. Primero, porque son altas, y eso es algo que sinceramente en una unidad de paliativos no te esperas. Segundo, porque pasar todo el día en un hospital durante tanto tiempo es triste y deprimente, y te motiva pensar que van a poder ser libres y seguir con sus vidas, tanto ellos como sus familiares. Sin embargo también te entristece porque acabas cogiendo confianza con ellos y es agradable hablar un poco con alguien ajeno al estrés del pasillo. También suele ocurrir que los familiares de estos pacientes son los más majos (y los peores familiares son de los pacientes que más aguantan...).


Así que cuando por primera vez un paciente se despide de ti, y además te deja un regalo, pues te llega a las aurículas. Te sientes realizado y feliz, y aunque para ti una sonrisa ya es agradecimiento suficiente, unos bombones no se rechazan, y menos aún con el hambre que entra a media mañana.

Tras el descanso de las 12 y media se va acercando la hora de marchar, y empiezan a aparecer las prisas. Así que preparo la medicación como si me fuese la vida en ello (que la vida no, pero la comida sí que me iba). Y después de eso, a pinchar.
Una de las primeras cosas que observas cuando empiezas a hacer prácticas en el hospital es que todas aquellas medidas de prevención, higiene y demás que se estudió en la carrera el año pasado viene siendo el papel para limpiarse las manos. Nadie, absolutamente nadie, sigue las normas de prevención necesarias. Como tú no quieres sentirte idiota ni quedarte sin piel por ir a lavarte las manos cada 2 minutos y coger guantes cada vez que sales de una habitación pues vas emulando su comportamiento. Y acabas siendo tú el idiota.

Porque es viernes, estás a punto de largarte para volver a tu casa, con las prisas, las ganas de terminar con todo, y ese toque de ego con el que haces las cosas con un estilo digno de llevar trabajando allí 10 años.
Y vas y te pinchas.

Notas un pequeño pinchazo en el dedo y nada más notarlo vas a buscar el origen de ese dolor.

Allí está: pequeña, afilada, casi como riéndose de ti. La aguja con la que acabas de pinchar al paciente que ingresó el día anterior se ha salido de su capuchón con el firme propósito de pincharte a ti y arruinarte el día.
Es entonces cuando te da un mini-infarto. El día anterior ingresaron dos pacientes, y ya sabes que uno de ellos tenía hepatitis. Prefieres no pensar que tenía el otro por si el mini-infarto pierde su "mini".
Empiezas a agobiarte y notas como si la calefacción hubiese subido 20 grados de golpe. Y pensar que ayer a estas horas tu mayor problema era pensar en la cena... A partir de ahí te olvidas del puente y ya solo piensas en la semana que viene y la excursión a preventiva, a ver que sacas de ahí.

Un día cualquiera, en un momento cualquiera, por azar del destino, te pinchas. Y ese día te puede arruinar la vida para siempre. Puede parecer absurdo, de verdad que sí, pero no vale la pena correr el riesgo por no haber tenido un poco más de cuidado. Porque tu salud vale mucho.

domingo, 29 de noviembre de 2015

"Buscando al moco"

Cuando te acostumbras a la vida hospitalaria el tiempo se pasa más rápido y la verdad es que es más divertido, supongo que porque pierdes vergüenza y ya te vas haciendo más a la idea de que así será tu vida y más te vale que te guste. He de decir que tampoco me cuesta tanto como antes tomar las constantes, de ir todos los días los pacientes ya se muestran más cooperativos y nada más entrar por la puerta ya me levantan el brazo para colocarle el manguito o el termómetro. A veces, y debido a los maravillosos recortes, te tienes que apañar con lo que hay, si es que hay, y sino rebuscas por las habitaciones por si la enfermera de guardia se olvidó algún aparatejo por ahí. El otro día fui con un tensiómetro nuevo, nuevo para mi obviamente, porque si era el único que quedaba libre era por algo. "Cuando lo cojas tienes que apretar por debajo la tapa", me dijo una enfermera. Yo fui dispuesta a la primera habitación a probar el nuevo juguete que se me había otorgado. No funcionó, era de esperar. Se lo volví a poner. Tampoco. Decidí ponérselo al paciente de al lado. Y funcionó. "Menos mal", pensé. Volví entonces al primer paciente y se lo volví a colocar... ERROR. Debía haber una maldición o es que algo del más allá no quería que le tomase la tensión a ese señor, que tú aun por encima que quieres probarle a la gente que porque estés de prácticas no significa que no sepas hacer nada, siempre hay algo que intentará demostrar que eres nulo para cualquier tarea, hasta para abrir un paquete de gasas.


"Cuando un paciente ve que eres de prácticas"


Cuando todo parecía ir yendo como un día normal, vino la supervisora a avisarnos a los tres de prácticas: "en un rato voy a hacer una broncoscopia arriba, si queréis venir". ¡Pues claro que queremos! ¡Excursión al piso de arriba! Nada más acabar nuestras tareas, allí fuimos los tres. Nos encontramos con nuestra supervisora, una celadora, una doctora y otra enfermera de otra planta. La paciente era una señora ya bastante mayor, había de tener unos 70 años o más, pero muy buena, no se quejó de nada, o igual fueron también los sedantes que le metieron a la pobre. Una broncoscopia consiste en un examen para visualizar las vías aéreas y determinar cualquier cosa extraña o anomalía que haya. En este caso, solamente se realizó para retirar tapones mucosos (es decir, moco) de las vías respiratorias para que pudiese respirar mejor. Dicha persona que se somete a esta prueba no debe comer ni beber nada en las 8-12 horas previas al examen ni tomar fármacos anticoagulantes. 



Lo siguiente consiste en introducir (tal y como vemos en la imagen) una sonda bien lubricada. Puede ser introducida por la nariz, pero si es de gran grosor es mejor por la boca. Se le rocía un anestésico en la boca-garganta, así como también recibirá algún medicamento por vía intravenosa para que se relaje. Una vez introducida la sonda, el doctor/a dirige su dirección, y en una pantalla se va viendo por dónde pasa la sonda gracias a una microcámara que hay en la punta. Fue muy interesante ver cómo llegaba a una bifurcación (bronquio derecho-izquierdo), después venía otra bifurcación (bronquiolos), y otra, y otra, y otra, y cómo a medida que se encontraba moco la doctora pulsaba un botón del aparato y lo absorbía. La verdad es que te sentías hasta satisfecho, aún no habiendo hecho nada, de lo limpio que había quedado todo el recorrido realizado. Por muy desagradable que pueda sonar, tú estás pensando que lo haces por el bien de la otra persona, entonces ya no te lo parece tanto. Esa señora sé que si la volviésemos a ver siete horas más tarde nos lo agradecería, porque os prometo que no sé cómo podía respirar con tanto moco ahí dentro. 


Hasta aquí el martes. Fue un buen día, bastante dinámico y nada aburrido, todo hay que decirlo. Y, una vez más, aquí os lo dejo para que lo disfrutéis. 

martes, 24 de noviembre de 2015

Una semana más.

Bueno, me he dado cuenta después de una semana de que he empezado a explicar lo que hacía en las prácticas sin explicar antes exactamente en qué consiste la planta en la que estoy teniendo las prácticas, así que voy a ello




Mi planta es la planta de Neurología y Neurocirugía, y cómo no sabía todo lo que se hace, porque quieras que no, sólo vemos una pequeña parte de todo lo que se hace en un Hospital, lo he buscado en internet:

La Neurocirugía es una disciplina de la medicina y una especialidad médica de carácter quirúrgico que se ocupa del estudio y tratamiento, (esto es, la prevención, diagnóstico, evaluación, terapéutica, cuidado intensivo y rehabilitación) de las enfermedades quirúrgicas o potencialmente quirúrgicas del sistema nervioso central y sus cubiertas, es decir, el encéfalo, la médula espinal, el cráneo, la columna vertebral y las meninges; del sistema nervioso periférico y del sistema nervioso autónomo, su vascularización (incluyendo las arterias carótidas y vertebrales) y otros anexos como la hipófisis, así como del manejo operatorio y no operatorio del dolor, sea cual sea la edad del paciente. 
SERGAS, 2010.

También se dedican al estudio de pacientes con epilepsias. Estos se encuentran en unas habitaciones especiales que están vigiladas por cámaras que graban los ataques epilépticos que sufren este tipo de pacientes.

Básicamente lo podemos resumir en que a nuestra planta vienen personas que se han sometido a algún tipo de intervención quirúrgica relacionada con el sistema nervioso, o que padecen algún trastorno neurológico.

Además, también podemos encontrar a pacientes aislados (por contacto directo, por contacto con la orina...) debido a diversos motivos como la presencia de bacterias multirresistentes, a cuyas habitaciones hay que entrar con bata y guantes si se pretende mantener contacto con el paciente o con su entorno.

Los cirujanos son quienes operan a estos pacientes, y una vez en planta son cuidados por el equipo de enfermería. Los médicos pasan visita cada mañana (normalmente sobre las 9, pero varía según el día) y miran la evolución del paciente. 
Suelen acabar bastante rápido y son acompañados por las enfermeras y estudiantes de medicina de prácticas. 




Después de esto determinan si es necesario algún cambio en el tratamiento del paciente, lo anotan en su historia y nos la vuelven a entregar. Nosotras vemos si hay variaciones o no y a partir de ahí pautamos la medicación y los cuidados que hay que realizar hasta el día siguiente.




lunes, 23 de noviembre de 2015

Al fin viernes...

Tampoco os voy a mentir, no es fácil estar en un hospital la primera vez. Es duro acostumbrarse al trato con personas que no conoces de nada, personas que quizá jamás vuelvas a ver y la verdad es que te cambia la vida. Te vas de compras un día y piensas en tus pacientes, los que todavía siguen en esas camas, algunos más en el otro mundo que en este y te haces cuestionarte muchas cosas sobre la vida, si realmente uno vive como quiere o vive como puede o, en otras palabras, si uno vive o solo intenta sobrevivir. Te das cuenta de la suerte que tienes de tener dos piernas o dos brazos, de poder comer o incluso ir al baño por tu cuenta, sin sondas o segundas personas que te ayuden. Y eso si tienes a alguien que te ayude, alguien que esté allí apoyándote, porque he de decir que la mayoría están acompañados, ya sea por su mujer, marido, hijo/a, madre, padre, amigo/a… pero lo realmente triste es ver a alguien que no tiene a nadie a su lado. Éstos son a los que siempre intento tratarlos mejor y darles lo que les falta, un punto de confianza, de ayuda e incluso "cariño" (entendiendo esa palabra como el mejor trato posible).

Parece una tontería, pero el trato con el paciente lo eliges tú. Es algo humano. Algo que no te enseñan en clase, simplemente te sale de dentro, porque sí. Nos repitieron mil veces que hay que ser amables, pero no a todo el mundo se le da bien serlo. Yo creo que de momento eso lo llevo bien, supongo que todos tenemos nuestros días de más cachondeo o de menos, aunque intento dejarme los problemas personales con mi ropa, abajo, en la taquilla. Y lo mismo hago con los problemas en el hospital, cuando me quito el uniforme de trabajo-pijama, todo eso se queda con él. Es como llevar una doble vida. 



En esta primera semana he tenido estas y más reflexiones que quería compartir con vosotros, porque también hay que recordar que la gente que está ingresada no lo está porque quiere, pero sí que es cierto que no por estar allí hay que amargarse o enfadarse. Por eso quería, digamos, dedicar esta entrada a todas esas personas que hasta el momento me han hecho ver que en los hospitales no todo son lágrimas y llantos, que si ellos padeciendo la enfermedad que padezcan son capaces de sonreír, ¿por qué yo no? Si ellos no pierden el ánimo, yo jamás lo perderé. Por ellos, que me han enseñado esta gran lección de vida, y porque ha sido una primera semana fantástica, tanto enfermeras/os, como otros alumnos de tercero-cuarto que también me han enseñado mucho, y como no a vosotros seguidores, solo quiero decir: gracias.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Lo que el despertador se llevó

Es lunes, son las 6:30 de la mañana y suena el despertador.
Tan solo 4 horas antes múltiples pensamientos de cómo iba a ser todo me inundaban la cabeza.
Ni siquiera tengo sitio para el sueño - otra de las ventajas de dormir poco y mal - mientras palpo las paredes desesperado por encontrar la puerta. Todavía queda mucho para que salga el Sol y apenas se escuchan ruidos.

Todo sigue igual cuando 45 minutos después recorro las calles, desiertas y oscuras, por las que casualmente me cruzo con algún trabajador de la limpieza o algún alma perdida que también se pregunta qué se le ha perdido en la vida para estar despierto a esas horas.

Al llegar al hospital la imagen cambia radicalmente. Un conjunto de decenas de futuros profesionales sanitarios se preparan para empezar sus prácticas, entre dormidos y emocionados.

Yo me dirijo con mis compañeras a la unidad de cuidados paliativos y media estancia. Allí nos encontramos a nuestra profesora de prácticas, que nos explica con brevedad lo que tenemos que hacer al llegar y luego se esfuma para ir a descansar tras un largo turno de noche. Nosotros nos quedamos allí, estáticos, mirando al vacío, pensando... ¿alguien verá que estoy aquí?¿Qué tengo que hacer?

Esperar... hasta que a cada uno nos asignan unas habitaciones. Entonces nos cargan de material y con toda la naturalidad del mundo nos comentan: "venga, a tomar constantes", y se dan la vuelta para preparar medicación.

¿Así, de repente? Y claro, te empiezas a agobiar... Tener que entrar tú solo cuando apenas pasan de las 8 de la mañana, sin saber qué te vas a encontrar ahí dentro. ¿Se quejarán?¿Los despertarás? Y si no están despiertos... ¿les pegas un grito?¿les echas agua encima?¿los zarandeas...?

La respuesta es mucho más simple. Los incansables familiares llevan varias horas despiertos... pobres, algunos merecen un premio. Los pacientes... digamos que la mayoría mantienen su sueño profundo. Algo de descanso que no les viene mal.

Procuras acabar rápido para no molestar y salir rápido de allí. Pero claro, se te atasca el tensiómetro, o se queda sin batería, y el termómetro no pita... y tú blasfemas en bajito, que no parezca que llevas allí toda la vida.
Ni te molestes, no funciona.
Terminas de pasar revista por todos tus pacientes mientras el pasillo va cobrando algo de vida a medida que empiezan los aseos y los desayunos, y tú disfrutas de un breve descanso antes de pasar la visita con el médico.

Luego empiezas las visitas. Lo que más sorprende es que las familias, cansadas, tristes, hechas polvo... son capaces de hasta sonreír a pesar del calvario que pasan. Y eso te da fuerzas. Porque si  te quitan la alegría entonces ya sí que apaga y vamos.

Terminas la visita y toca poner medicación de media mañana hasta que... ¡vaya! Toca charla de medicina preventiva.
Todo un lujo de charla de la que sacas como conclusión que a las 2 de la tarde hablar de insulina te da hambre... ah, y que las agujas pinchan, sobre todo si van acompañadas de hepatitis, VIH o cualquiera de las maravillas que te puedes llevar a casa por solo un pinchacito en el peor momento del mundo.
En serio, cuidado con las agujas.

Día 1. Planta de Neurocirugía.

Prácticamente lo que hacemos en mi planta es habitualmente lo mismo. Hay ciertos procedimientos que es necesario realizar todos los días y otros que son puntuales y hay días que no son necesarios. Por eso el orden de las cosas que hacemos varía cada día, así como el tiempo que tardamos en hacerlo, porque puede surgir algún imprevisto (como lo bien que funcionan los tensiómetros y lo poco que tardan en gastar la batería, espero que se note la ironía). Así que en cada entrada, para no repetirme mucho, me iré centrando en cada uno de los procedimientos que llevamos a cabo.

El primer día mis compañeras y yo llegamos a nuestra planta y, después de esperar a que las enfermeras aparecieran, cada una se pegó a una enfermera y la siguió en sus labores. 
En nuestra planta las habitaciones se dividen en tres grupos y cada enfermera se ocupa de un grupo. 
Como no teníamos ni idea de nada, antes de empezar nos explicaron que lo primero que se hace es pasar controles, es decir:

-Tomar la temperatura.
-Tomar la tensión arterial. 
-Tomar las pulsaciones.
-Preguntar el grado de dolor que sienten (en el programa informático Gacela se evalúa con la escala EVA).
-Preguntar si han realizado alguna deposición el día anterior. 

En mi planta muchos de los enfermos son totalmente dependientes, en diferentes fases de demencia, o se encuentran en algún estadío de coma, por lo tanto estas dos últimas preguntas no se le pueden hacer. 
En estos pacientes, que no pueden participar o no son conscientes totalmente de lo que se les está realizando, es a veces algo más difícil tomarles la tensión por ejemplo, porque pueden hacer fuerza involuntariamente con el brazo o moverlo, y no permiten que el tensiómetro tome bien las constantes.
Por otro lado, en el caso de que algún paciente tenga fiebre hay que comprobar si tiene algún medicamento pautado en ese caso y administrárselo.
Lo mismo ocurre con el dolor, en el caso de que los pacientes se quejen del dolor se le administrará un calmante prescrito anteriormente por el médico comprobando que han pasado las horas necesarias si ha sido administrado anteriormente para poder administrarlo.

Es normal ir nervioso las primeras veces que lo hagas, no tiene mucha ciencia pero a veces no sabes en que brazo poner el tensiómetro o por qué narices te da error. Te dirán que normalmente el mejor brazo es el que no tiene ninguna vía, pero si ya te han puesto el termómetro en el brazo libre te vas a tener que fastidiar o esperar a que pite para poder sacarlo y poner el dichoso aparato. Pero tranquilo, una vez que hagas un par de ellos te sentirás un verdadero experto, eso sí, cuando está tu enfermera al lado. La cosa cambia cuando te dice "ala, vete tú a aquella habitación mientras yo voy a esta". Es una sensación parecida a cuando tu madre te deja solo en la cola de la compra y te toca pagar pero tu madre aún no llegó, te ves solo ante el peligro. 

Una vez hemos pasado control por todos los pacientes se pasan los datos al programa informático del GACELA que explicaré en la próxima entrada.

La prueba de fuego.

Si estás leyendo esto y eres un futuro/a enfermero/a deberás saber que no será fácil. Que si te toca el turno de mañana las ojeras y las ganas de llegar a tu casa y comerte la despensa entera no te las va a quitar nadie. Pero el miedo y los nervios del primer día se pasan el primer día. 

Ojalá os toque una buena monitora, porque influye mucho en tu forma de ver la profesión (sobre todo el primer día) el que te guíen bien y traten de ayudarte lo máximo posible. Aún así, si os toca la típica enfermera (no nos engañemos, siempre la hay) que, por decirlo de alguna manera, es algo distante y no es muy participativa, no os desaniméis, los turnos rotan y según vayáis cogiendo soltura también os dejarán ir haciendo más cosas.


Empezar las prácticas es "la prueba de fuego". Los laboratorios con maniquíes son muy entretenidos y las clases teóricas sí, bueno, son muy interesantes y muy importantes para nuestra formación bla bla bla... pero dónde realmente sabes si te gusta la profesión es en las prácticas. 

En mi caso, mi primer día fue genial. No por el hecho de que pasara nada extraordinario ni porque mi enfermera fuera la mejor de las mejores (que no me quejo en absoluto, todo hay que decirlo) sino por el hecho de descubrir que realmente me gusta esta profesión. Siempre pensé que me costaría mucho el trato con los pacientes y que habría muchas cosas que me darían reparo, porque no todo es agradable, pero el saber que estás ayudando a las personas y ver que te lo agradecen no se puede explicar. Me siento realmente afortunada de poder vivir esta experiencia y espero que la gente que se encuentre en mi lugar se sienta como yo.


Soy una de esas muchas personas que entran en enfermería de rebote porque no les da la nota para entrar en medicina. Sin embargo, hoy puedo decir con total seguridad que no me arrepiento en absoluto de no haber entrado.