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sábado, 26 de diciembre de 2015

Final de paliativos

Y al final pasaron las 5 semanas.
Cuanto tiempo, cuantas horas, cuantas mañanas deseando que llegase este momento.
Al final terminamos el mes y medio de prácticas, y con él ya damos por listo el primer semestre, a la espera, claro, de los exámenes.
Pero realmente han sido unas semanas duras.

Es el primer contacto que tenemos en nuestra vida con el mundo laboral (al menos para mí), y entramos de lleno en un horario de funcionarios, que te descoloca, por no decir que te amarga la vida.
La primera semana te la tomas de prueba, a ver como te sienta eso de entrar a las 8 y salir a las 3.
Y es malo.
No hay anuncios de gente feliz desayunando a oscuras ni películas con gente disfrutando de un buen zumo a la luz de la luna. Porque antes de que salga el sol la felicidad no existe.
Sé que he repetido en numerosas ocasiones lo horrible que es madrugar, pero no os podéis hacer una idea si no os tenéis que levantar antes de las 7 de la mañana. Toda tu vida se ve alterada, desestructurada. Al principio crees que podrás sobrellevarlo, pero cada vez que suena el despertador te quita las ganas de vivir. Probablemente si la gente guardase cuchillos en la mesa de noche el índice de suicidios aumentaría drásticamente.

Lo peor de todo es que se convierte en el centro absoluto de tu vida. Es lo único en lo que puedes pensar. Llegas a mediodía a tú casa y al terminar de comer ya piensas en hacer todo lo que tengas que hacer rápido para luego irte a dormir y que puedas disfrutar de que el despertador te marque más de 6 horas de sueño. Claro que para las personas que en su rutina diaria no llegan a casa hasta las 23.30 lo de intentar acostarse pronto es misión imposible.

Por muy maravilloso, gratificante y divertido que sea lo que hagas en el trabajo (que no lo es tanto), el tener que madrugar le quita todo el esplendor. En el momento en el que el los rayos de sol dejan de entrar por tu ventana se apodera de ti un mal humor inusual, y cualquier ser vivo que se te acerque corre el riesgo de ser espantado a gritos.
A pesar de todo, del sueño, el cansancio, todo el pesimismo (que ha sido mucho) y esos ataques de estrés (que también han sido muchos) en los que solo querías dejarlo todo y volver a la comodidad de tu hogar, ha sido una buena experiencia. Por mucho que cueste hacerse a toda esa rutina es algo que hay que hacer en la vida, porque por desgracia no nos ha tocado la lotería. Y hay que llevarlo bien. En el trabajo vas a conocer a gente, unos mejores, otros peores, pero que por lo general te ayudarán a sobrellevar tu día a día. Y al final acabarás pasando momentos divertidos, ganando experiencia y viviendo muchas, muchas anécdotas que contar.

Antes de empezar a trabajar en paliativos me parecía que difícilmente podría haberme tocado una unidad más complicada. No tanto por el trabajo, si no por lo que supone una unidad de cuidados paliativos. Para que os hagáis una idea estos son los pacientes que han salido de la unidad desde que yo empecé las prácticas:


Con esto quiero mostrar el por qué de mi alegría cuando mandábamos a alguien de alta para su casa. Al principio se hace difícil el estar rodeado de este ambiente, en el que tus pacientes mueren sin que puedas hacer nada por evitarlo, pero es algo con lo que aprendes a vivir.
Tras 5 semanas, conseguí evitar que paliativos se apoderase de mí y yo mismo me apoderé de paliativos. Ahora toca disfrutar de un más que merecido descanso, y quién sabe dónde iremos a parar en las próximas prácticas. Solo espero poder pasarlo igual de bien y tener (bastante) menos sueño.
Hasta entonces, ha sido un placer (sobre todo acabar, para que mentir).

jueves, 24 de diciembre de 2015

Hepatíticos

Una de las enfermedades más importantes y con más repercusión tanto en pacientes como en personal sanitario en la unidad de cuidados paliativos es la hepatitis.
La hepatitis es la inflamación anormal del hígado.
Puede ocurrir por diversas causas: medicamentos, sustancias tóxicas, reacciones auto inmunes... aunque cuando hablamos de hepatitis generalmente hablamos de la que está causas por virus.
La hepatitis causada por virus se divide en distintos tipos según el virus que la causa.



    Nos pilla un poco lejos.
  • Hepatitis A: es de transmisión fecal-oral o por ingesta de alimentos contaminados, por eso predomina en países poco desarrollados. En niños puede llegar a cursar sin síntomas, aunque en los adultos provoca anorexia, nauseas, vómitos, fiebre, dolor de cabeza, ictericia... Termina por curarse en la mayor parte de los casos, aunque en un 0.1% es fulminante.

Esto no tiene buena pinta.
  • Hepatitis B: se transmite por vía parenteral y sexual. y tiene una alta prevalencia en Asia y África. Además de los síntomas anteriores se puede presentar afectación neuronal, renal, reumatológica, hematológica o cutánea. En muy pocos casos llega a cronificar y suele curarse después de un tiempo.

  • Hepatitis D: transmisión parenteral y sexual. Necesita la presencia del virus de la hepatitis B para infectar, así que se trata de la misma forma y produce el mismo efecto.

  • Hepatitis C: es de transmisión parenteral, con casos excepcionales de transmisión sexual, y se vuelve crónica en el 80% de los casos. Suele ser asintomática, aunque pueden darse los síntomas generales de la hepatitis. Se puede curar con tratamiento que se ajuste las características del virus.

  • Hepatitis E: de transmisión enteral, con los síntomas generales, siendo especialmente notable la ictericia. Se cura, aunque puede volverse crónica en pacientes inmunodeprimidos y es fulminante en un 2% de los casos.

Por desgracia solo existen vacunas contra las hepatitis A y B (os lo digo yo que he sufrido como me las ponían) así que no hay medidas médicas de prevención para las otras. Evitar las vías de contagio es lo más eficaz, y sobre todo, fundamental, nunca jamás pincharse con una aguja.


Fuentes:
https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/001154.htm
https://es.wikipedia.org/wiki/Hepatitis

martes, 22 de diciembre de 2015

El gordo

22 de diciembre.
Muchas cosas pasan el 22 de diciembre.
Para nosotros, era nuestro último día de prácticas. El último día de las primeras prácticas de nuestra vida.
Había sido un mes y medio complicado, con muchas idas y venidas, muchos subidones y muchos (muchísimos) bajones.
Así que siendo este nuestro último día esperábamos que el único gordo que nos tocase fuese uno que pudiese mandarnos a unas buenas vacaciones de "invierano" a Australia.
Cuan equivocados estábamos...

Llegamos al hospital dispuestos a tener un día relajado, de despedida, divertido... Nada más lejos de la realidad. Al pasar los controles a primera hora de la mañana te encuentras con pacientes con fiebre, nada fuera de lo normal, así que a un paciente se le medica para que le baje la fiebre. 15 minutos después ya no había paciente.

¿Muerto? Pero... ¿qué?
Tras más de un mes consiguiendo que todos mis pacientes sobreviviesen a mi turno el último día se me muere uno. Es un palo importante, sobre todo para la familia que ni siquiera se había enterado (en algunos pacientes la diferencia es prácticamente nula).
Así que toca, primero, comerse el marrón de ir a la habitación a hablar con los familiares y segundo, desmantelar al paciente (que técnicamente ya es un cadáver) y toda la habitación. Muy turbio todo.

Luego te olvidas del tema y sigues con lo tuyo, que lo que sobra son cosas que hacer.

A media mañana por fin puedes disfrutar de tu descanso, pero recuerdas que los resultados de las analíticas te esperan en preventiva así que vas. Todo esto, claro, sin haber tenido un triste minuto libre para comerte una galleta o algo, así que sigues en ayunas.


Al llegar a preventiva (sin cita, como debe ser) nos dicen que esperemos un "minutito" que en seguida nos atienden. Sí, un minutito. Pero en unidades del sistema internacional no, ese minutito venía en unidades de publicidad de Antena 3.

Una hora y media allí esperando nos tuvieron los muy desalmados. Y nosotros que estábamos en un supuesto descanso de 30 minutos. El último día y escaqueando más que en todo el mes.
Para cuando se dignan a hacernos caso resulta que lo que creíamos que era ir a ver unos simples resultados se convirtió también en lo que podríamos llamar "excursión a (des)preventiva 2.0". 
Primero vimos los resultados. Nunca, repito, nunca jamás, tendrás tanto miedo de un positivo o un negativo y lo que puedan significar. En cuanto aparece tu historia en la pantalla buscas desesperado los resultados. Rubeola... me da igual. Sarampión... ya lo pasé. VHC, VIH... todas las V... bueno, parece que salimos vivos de las primeras prácticas.
Pero, sorpresa, el tener que memorizar tanta información en los últimos años ha hecho que te olvides de tu inmunidad a las hepatitis. Bueno a lo mejor no es por eso, pero el caso es que tienes que volver a vacunarte. Y vas a empezar hoy, para qué esperar.
Cuando te ponen una vacuna no te duele la aguja, eso casi no lo sientes. Lo que te duele es la vacuna mientras va pasando. Sobre todo si te la pasan rápido (incluyo aquí mi agradecimiento especial). Así que ahí estás tú en tu último día sufriendo el dolor, viviendo esa típica escena:

La imagen es cruel, lo sé.



- Aguanta, vamos, no me dejes!

- Y pensar que solo me quedaba un día para retirarme...





Al terminar volvemos a la unidad con dos horas de retraso y un dolor en el deltoides importante. No hace falta decir que nuestra ausencia se ha sentido y nos la echan en cara. Justo el último día. Para que se acuerden de nuestra vagancia al poner las notas (lo nuestro es mala suerte).
Para cuando llegamos ya ha salido el gordo. Y le ha tocado enterito a un pobre paciente que va a terminar la mañana atacado por todas partes, Análisis, dos tomas de hemocultivos, muestras de mucosas en orificios que prefiero no nombrar y gasometrías. Además tiene fiebre. Está claro que cuando viene lo malo, viene todo junto. Tras dejarlo vacío de sangre damos por terminada la mañana.

Toca despedirse, después de más de un mes allí. En el fondo es más bien un hasta luego, teniendo en cuenta que ellas van yendo para dónde les lleve la vida y no me extrañaría que volviésemos a coincidir en otra unidad. Hasta entonces, ha sido un placer, aunque no pienso volver a pisar un hospital hasta el semestre que viene así me desangre en la calle.

lunes, 21 de diciembre de 2015

De aguja a aguja

En nuestro día a día en el hospital hacemos muchas cosas (quizá demasiadas), aunque lo más común y en lo primero que la gente piensa cuando hablamos de hacer prácticas en el hospital es en pinchar.
Pinchamos.
Pinchamos mucho.
Pinchamos de todo en todo lo que se mueva. A pacientes. Entre nosotros. A nosotros mismos...



Cuando vemos algo punzante solo pensamos en pincharlo en algún incauto.
La satisfacción que nos produce pinchar a pacientes es tal que a veces hasta les pinchamos varias veces, solo por disfrutar del subidón del pinchazo.
Y si además el paciente muestra signos de dolor se nos sube la adrenalina y removemos la aguja, que eso ya es lo máximo.
Bueno, a lo mejor estoy exagerando.

El caso es que las agujas forman parte del día a día del hospital, o al menos en la unidad de cuidados paliativos, que te pasas las horas pinchando, cambiando vías y volviendo a pinchar (no siempre intencionadamente...).

Pero uno de los pinchazos menos comunes y que a mí me produce más satisfacción (soy así de raro) es la paracentesis.

La paracentesis es una técnica de punción percutánea que se realiza en el abdomen y que tiene como objetivo la evacuación de líquido que se encuentra en la cavidad peritoneal. Puede ser diagnóstica si se busca analizar el líquido o evacuadora si la finalidad es vaciar el contenido para comodidad del paciente.
La paracentesis evacuadora se lleva a cabo en pacientes que tienen ascitis, como ocurre con la que realizamos en la unidad.

La ascitis es la acumulación de líquido en el espacio que existe entre los órganos de la cavidad abdominal y el revestimiento de la propia cavidad. Está causada por la presencia de hipertensión en los vasos sanguíneos hepáticos y por falta de la proteína albúmina, y suelen tener su origen en enfermedades hepáticas o en el consumo reiterado y en gran cantidad de alcohol.


Así, cada cierto tiempo se lleva a cabo la paracentesis en estos pacientes para mejorar su confort.



Con el paciente tumbado hacia arriba se marca la zona de punción y se pincha con una aguja de punción subcutánea. Puede darse el caso de que se anestesie para que no duela, pero ocurre que en muchos casos la propia anestesia duele más que el pinchazo en sí.

La aguja se posiciona perpendicular a la pared abdominal y se punciona la cavidad. Tras comprobar que efectivamente sale líquido ascítico se fija la aguja y se conecta a un tubo que termina en una bolsa dónde se irá recolectando el líquido.

Lo mejor es ver como se va vaciando la cavidad a medida que el líquido va pasando a la bolsa. Tienes esa misma sensación que tienen las madres cuando dejan todo limpio o la sensación que tienes tú cuando lavas todos los platos que tenías acumulados de la semana. Aquí es lo mismo.

Fuentes:

sábado, 19 de diciembre de 2015

Vida o muerte

Algo evidente en una unidad de cuidados paliativos es que tarde o temprano casi todos los pacientes terminan muriendo. Puede que no allí, puede que no en un mes, pero mueren.
Si están allí es porque padecen algún tipo de enfermedad que irreversiblemente les va a llevar a la muerte. Es triste, es desconsolador, pero es así.
Muchas veces te deprimes pensando en que el azar puede hacer que tus familiares, tus amigos o tú mismo acabes así. Pero la mañana es demasiado corta como pararse a pensar en esas cosas, así que lo dejas y sigues con lo tuyo.

A pesar de que sabes que los pacientes pueden morir en cualquier momento hay determinados signos que te indican que se acerca el momento. Durante su enfermedad sufren innumerables signos y síntomas, pero hay 3 específicamente que cuando aparecen juntos, simultáneamente, son indicativo de lo que a mí me gusta llamar TRIADA DE LA MUERTE PALIATIVA.

Pueden ser unos signos clínicos, que nos explicó amablemente el médico de la unidad, unos signos ambientales, que describo muy acertadamente yo, o un factor determinante que puede acelerarlo.



Primero los signos clínicos. Si lo piensas tienen bastante sentido. Primero la fiebre. Tener fiebre siempre indica que algo falla, no sabes qué puede ser, puede no ser nada grave, pero algo va mal.
Luego la anuria, o ausencia casi total de producción de orina. Esto es un indicativo evidente de que los riñones no están haciendo lo que deberían, y eso ya sí que supone un problema.
Por último tenemos la apnea, que no es más que la interrupción transitoria de la respiración, que se recupera después de unos instantes.

Por separado pueden ser incluso inofensivas, pero juntas son indicación importante de que los órganos están empezando a fallar. Y en un paciente paliativo eso ya es premonitorio.


Luego yo, en mi infinita sabiduría y experiencia, he descrito 3 signos que son indicativo de que al paciente en concreto no le espera más de una semana de vida. De momento es infalible.


El primer signo que aparece es en la medicación, más concretamente en si se les pauta o no un infusor. Un infusor es un instrumento que se utiliza para que se administre medicación de forma continua durante un periodo de tiempo que puede variar. En nuestro caso se cambian cada 24 horas. En ellos se administra la morfina, junto con otros sedantes, analgésicos, antipsicóticos, diuréticos... todo ello diluido en suero para que el efecto no sea tan drástico.


El segundo signo en aparecer es la mudez, o la incapacidad de comunicarse verbalmente. Porque no pueden, no tienen fuerza o no están conscientes para hacerlo, la cuestión es que dejan de hablar. Y eso ya es importante.

El último signo, fundamental, drástico, trascendental, es el determinante de la situación que se avecina. Es, efectivamente, el cambio de habitación.
Dado el nivel de gravedad que implica algunos pacientes pasan directamente al fallecimiento sin sufrir el cambio de habitación.
Bueno lo explico porque suena un poco absurdo.
Las habitaciones del hospital son casi todas dobles, así que tanto pacientes como familiares comparten habitación. Ya es malo perder a un familiar en un hospital, pero tener que hacerlo con un paciente y su familia al lado es bastante incómodo. Más aún si el paciente de al lado está consciente y se entera de que su compañero acaba de morir. Tener que ver como lo pasan por delante suya... un poco raro, vaya.

Así que el cambio de habitación generalmente (no siempre) implica que el paciente va a fallecer próximamente y se le mueve a una habitación individual (si las hay disponibles) para que tenga más intimidad y sea menos incómodo para las otras familias y pacientes.

Así que cuando ves a un paciente que está siendo trasladado a una habitación individual ya sabes lo que le espera. Tú y todo el personal. Así que todos lo miran y piensan lo mismo. Es básicamente el paseo de la muerte.

Aunque estos signos suelen aparecer en una triada para ser definitorios, el más importante de ellos es el cambio de habitación, que puede ocurrir sin que los otros hayan tenido lugar, y tiene el mismo o más significado.

Pero al margen de estas dos triadas, existe algo que puede ser fatal para los pacientes. Algo mucho más horrible, grave y premonitorio. Se trata de la visita del "Ángel de la muerte".


No es superstición, ni espiritismos ni nada parecido.
Emulando a los sucesos de Anatomía de Grey, tenemos a nuestro propio 007 (licencia para matar) de la planta. Eso si es caché.
Se parece a estas noticias que hablan de gatos que entran en la habitación de un paciente que va a morir próximamente.
Nuestro Ángel de la muerte hace lo opuesto: su presencia en la habitación de un paciente desencadena la muerte de este. No es nada que haga o deje de hacer. Su mera presencia es suficiente. Incluso va por los pasillos con una capa negra y una guadaña. Bueno esto último es mentira (no como todo lo demás). Hay que decir que el vacile es importante.

Dejando de lado el humor es realmente impactante cuando tras pasar varias semanas en el hospital ves como los pacientes sufren un empeoramiento repentino y, pasando por las mismas etapas, llegan a su irremediable destino.

Enfermos enfermeros

Llegamos ya al final de nuestra quinta semana de prácticas con  un nivel de cansancio fuera de lo normal (ahora dormir 5 horas al día ya es rutina), que se suma a un acúmulo de diversas sensaciones que ejercen su efecto sobre nosotros.

Primero, la proximidad del invierno ha dejado su huella en nuestros organismos en forma de una gran variedad de enfermedades. De todos los tipos y niveles de gravedad que afectan a todos los ámbitos del personal sanitario sin excepción. Pero el más afectado acabas siendo tú mismo, con un trancazo de esos que marcan unas navidades.


Porque ya es malo estar enfermo, pero si aún por encima tienes que estar en un hospital es peor. Y ya si estás enfermo en un hospital pero estás trabajando sin que nadie cuide de ti eso ya es morirse (no literalmente, claro).

Llegas a primera hora y pasas de estar en la calle con apenas 10 grados a ese microclima típico de pasillo de hospital que nada tiene que envidiar al clima canario. Un calor asfixiante que hace que vayas chorreando mientras tomas constantes hasta el punto de llegar a marearte del calor. Luego a algún genio de la climatología se le ocurre abrir las salidas de emergencias para que los vientos glaciares nos recuerden la época del año en la que vivimos. Y tú pasas de estornudar a chorrear sudor cada vez que entras en una habitación.


A esto hay que sumarle, claro, el hecho de que tus fosas nasales han perdido todo rasgo de funcionalidad respiratoria, y ahora se dedican única y exclusivamente a amargarte la vida con una continua moquera. Así que todo el respeto y dignidad que te habías ganado en un mes y medio de prácticas lo pierdes en media mañana al ir estornudando a los pacientes en la cara y al parar a sonarte los mocos con una mano mientras tienes una aguja medio clavada en la otra.
Además, tu voz suena como un camionero afónico y se generan dudas sobre si estás enfermo o de resaca.

Claro que por si no fuera suficiente, te toca con la enfermera frenética. Cualquier día estarías encantado de tener toda esa acción por la mañana. Pero no hoy. Cuando ella está mirando intentas mantener la compostura y parecer que le sigues el ritmo como cualquier otro día, pero en cuanto deja de mirar vuelves a tu estado catatónico arrastrándote por los suelos en zigzag con una fuerza vital digna de paliativos. Y el pasillo te va pareciendo cada vez más largo...

Intentando llegar a la sala de descanso
Y aunque te estés muriendo quieres ser útil, hacer cosas y aprender, que para eso estás ahí. Y entonces te dicen que vayas a hacer algo en el preciso momento en el que sueltas un estornudo que hace eco en toda la planta, y te miran con pena y dicen "bueno, mejor ya voy yo...".

Todo esto te da pena porque estás a punto de acabar las prácticas y sabes que en el fondo (muy muy en el fondo) vas a acabar echándolo de menos, porque ha acabado siendo divertido y te lo has pasado bien con la gente que has conocido, así que prefieres aprovechar el tiempo que te queda. Pero en ese estado es complicado hacer cualquier cosa.
Así que al final decides que lo mejor es acabar el día cuanto antes e irte a tu casa a tumbarte para recuperarte durante el fin de semana y poder llegar a tu último día cargado de energía (que además tienen que ponerte la nota, y claro...).

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Frenesí hematológico

Hay muchos días que cuando estás en las prácticas tienes la impresión de que lo que haces en las 7 horas que te pasas en el hospital podrías hacerlo en 5.
Otros días sin embargo te preguntas cómo es posible haber hecho tantas cosas en tan poco tiempo. Hoy fue uno de esos días.

Puede ser que esté debido en parte a la persona a la que tuve que seguir hoy. Y con seguir, me refiero a la enfermera. Y con enfermera me refiero obviamente al tipo de enfermera. Hace unos días expliqué con bastante acierto qué tipos de enfermeras hay en el hospital, algunas en mi unidad y otras no.
Hay una que sí está, que hoy estuvo y que acabó conmigo.
Me refiero, como no podía ser de otra manera, a la enfermera frenética.

Cuando tú llegas con los ojos todavía a medio abrir vas a firmar y estás más o menos así:

Y ella aparece y empieza a trabajar con tanta energía que desde tu punto de vista está tal que así:



Y claro, te notas cansado ya a mitad de semana, dando gracias una vez más por los pocos pacientes que tienes.
Pero poco a poco esa energía extra de la enfermera que no sabes muy bien de dónde sale se te va contagiando. Y allá vais los dos corriendo por el pasillo de una habitación a otra, entrando con sueros, saliendo con vías. No hay tiempo ni para entrar en boxes.
Tus compañeros se te quedan mirando asustados mientras vas sumando kilómetros a tus piernas sin apenas notarlo. El deber te llama y tu cerebro no tiene tiempo de decirte que estás destrozado.
Tienes 7 pacientes pero estás trabajando más que cuando hay 15. Porque casualmente TODO toca hacerse hoy. Todo lo pinchable tiene que pincharse hoy. Todas las pruebas tienen que hacerse hoy. Todo.

Una de las muchas cosas que tuvimos que hacer fue un análisis de sangre y una prueba cruzada. El análisis de sangre es sacar sangre. Sorpresa.
Pero en la unidad de cuidados paliativos cualquier prueba, por simple que sea, puede convertirse en una aventura. Hasta pinchar una glucemia.
Y para pinchar una vena a un paciente paliativo necesitas muchas cosas: pulso, suerte, sangre (en tu cerebro y en su cuerpo), el poder de la fuerza... Hace un mes tuvimos que sacar una vía y aún recuerdo el dulce chorrito de sangre que le salía. Debió de ser el único enfermo con sangre en toda la historia de paliativos.
Hoy nos dispusimos a sacar sangre al paciente, pero empiezas a mirarle los brazos y ya te vas dando cuenta de que no va a salir bien, así que miras a la enfermera con cara de "error 404, venas not found".



Un brazo está casi inutilizado. Vías, flebitis, venas endurecidas... Te da pena pincharle visto el mosaico que tiene, pero te pasas al otro brazo a ver si tienes más suerte. Y encuentras una vena/hilo. Miras al cielo pidiendo ayuda (al piso de arriba) y le pinchas.
Refluye sangre, pero nada más. Probablemente en esas venas hubiese 4 glóbulos rojos contados:
Remueves un poco la aguja (te duele solo de verlo) y parece que el chorro de sangre se intensifica. Pero era una falsa alarma. Vuelve a perder fuerza y se queda al nivel de fuente de parque atascada. No sabes si llamar a un médico o a un fontanero, pero allí sigues, ya sentado, mientras ves como los tubos se llenan con una lentitud asombrosa. Pero más asombroso es que alguien con tan poca vitalidad cardíaca se mantenga al pie del cañón.
Tras muchos, muchos (muchos) minutos terminamos de llenar los tubos. Con lo que sufrí yo cuando me pincharon si tengo que pasarme tanto tiempo así prefiero que me pinchen la anestesia y ya luego que me hagan lo que quieran.
Después se hace una prueba cruzada, que es básicamente mezclar la sangre del paciente con anticuerpos A y B y observar si estos se aglutinan o no. También se puede mezclar plasma del paciente con sangre de tipo A y B para ver la reacción. La sangre tipo A tiene anticuerpos anti-B y la sangre de tipo B tiene anticuerpos anti-A. La sangre AB no tiene anticuerpos de ese tipo y la tipo 0 tiene de los dos tipos. Tiene bastante sentido.

Tras pasar mucho tiempo recolectando sangre continuamos recorriendo el hospital.
Es uno de esos días en los que acabas agotado, pero a la vez contento de haber pasado la mañana trabajando.

Fuente: http://www.doctoralia.es/pruebamedica/pruebas+cruzadas-1118

Winter is coming

Hace unos días comentaba con cierto desánimo como nos íbamos acercando cada vez más a las navidades y como en la unidad de cuidados paliativos la celebración se hacía notar bastante poco.
Pues bien, el tiempo me ha puesto en mi sitio, y aunque se ha hecho derogar, la navidad sí ha llegado a paliativos.

Ya te parece raro cuando llegas por la mañana y ves los pacientes que tienes. Pocos. Claro, lo más normal es pensar que han pasado a mejor vida teniendo en cuenta la definición de cuidados paliativos. Pero no, en la mayoría figura que se han ido a sus casas. Tanto de paliativos, como de media estancia, en los últimos días el índice de altas se ha multiplicado drásticamente, y aunque sí puedes pensar que hayan mejorado se te sigue haciendo raro esta sincronización de la salud.

Hoy me quedó bastante claro que esta mejoría de la salud generalizada se ha visto ligeramente adornada. Por todos, menos por los propios pacientes.
Porque guste admitirlo o no la gente en navidad quiere estar en sus casas con sus familias, no en un triste hospital que se cae a pedazos lúgubre y hostil. Así que los acompañantes, por lo general, intentan llevarse a sus familiares a casa para las fiestas. A otros el espíritu navideño se les acabó antes que la adolescencia y ven con terror el momento en el que tengan que volver a sus casas a cuidar de sus familiares moribundos. Pero no suele pasar (por suerte).
Estos familiares a veces se extralimitan en el deseo de celebrar la navidad en casa y te encuentras con contradicciones bastante interesantes del tipo:

Tú: - ¿Cómo pasó usted la noche?
Paciente: - Bueno... un poco regular porque a las 3 de la mañana tuve...
Familiar: - ¡Durmió de maravilla toda la noche seguida no se despertó ni una vez!

Mientras te dicen eso ponen una cara de falsa felicidad y alegría psicótica que parece que como no les tomes en serio el próximo ingreso en paliativos vas a ser tú.
Además de a las familias tienes a los médicos. Ya hablé en su momento de lo contentos que se ponen los pacientes y las familias el día que se van, pero lo que vi hoy es muy distinto.
Estábamos pasando visita como cualquier día y llegamos a la habitación de una paciente que siempre nos recibe alegre y con una sonrisa, sentada en su sofá y con un peinado envidiable. Es la señora guapa de paliativos.
La mirada lo dice todo
Tras dejar que el médico se pelee con las fechas, mira muy serio para la gráfica de la paciente, luego para la paciente, y comenta: "Hoy es 15. Mañana, miércoles 16". Mira muy fijamente a la señora y le suelta "¿Marchamos para casa entonces?". A todos nos sorprendió, pero a ella aún más. Cautelosa preguntó que si era lo que él creía conveniente allá se iría. Su sonrisa se fue extiendo, parecía que se llenaba de vida, y cuando al final dejamos la habitación estaba a punto de llorar de la emoción.
En esos momentos es imposible que la felicidad no se te contagie, y sales de allí despidiéndote con una sonrisa de oreja a oreja.

Al final del día, dada la escasez de pacientes decidimos que era el mejor momento para decorar el pasillo, así que nos pusimos manos a la obra.
Ahora la unidad tiene un árbol de navidad, con sus luces y todo, regalos (o lo que pretenden ser regalos), espumillón por todas partes y por supuesto el muñeco navideño que se pone a cantar esporádicamente con un ruido atroz acompañado de movimientos epilépticos. ¿Qué más se puede pedir?
Sin embargo no es el hecho de adornar, es lo que los adornos transmiten. Y la reacción cuando un familiar va por el pasillo y observa el esperpento que hemos montado es siempre la misma. Sonreír.

martes, 15 de diciembre de 2015

Solo ante el peligro

Comenzando ya la que podemos considerar como última semana de prácticas con un cansancio acumulado que empieza a alcanzar niveles preocupantes.
Aún habiéndonos acostumbrado a la rutina de todos los días el lunes sigue siendo lunes, con todo lo malo que ello conlleva.
Hoy descubrimos que el fin de semana fue de gran actividad en lo que a altas se refiere. Todo tipo de altas, claro. Vas analizando paciente por paciente para saber si se han ido a su casa... o si no.

Así que con un pasillo bastante más vacío de lo normal empezamos la jornada. A pesar de todo se agradece que se vacíen un poco las habitaciones (sí, aún sabiendo lo que significa que se vacíen) para no estar toda la mañana al límite. Al menos no hay retenciones de familiares en el pasillo ni tropiezos mientras vas cargado con medicación.



Tras la rutina de primera hora me entero de que mi enfermera (que hoy resultó ser la profesora tras muchas semanas sin saber nada de ella) iba a marcharse y me dejaba solo, indefenso, desprotegido, teniendo al cargo a sus pacientes.

Al preparar la medicación no supone un problema estar solo. Básicamente es jugar con un ordenador y sacar lo que haya que sacar. El programa no es precisamente el Super Mario, más bien diría que se quedó en un nivel de complejidad similar al snake.
Aún así hay que estar atentos, cualquier error en la medicación puede (aunque no suele) tener consecuencias catastróficas. Tanto para el paciente como para ti. Aunque mirándolo desde un lado positivo, de la cárcel se sale. Del cementerio no.

Ya una vez listas las drogas, pasas la visita. Solo. Siendo constantemente atacado con preguntas sobre los pacientes que por lo general, no sabes responder. Y claro, eso supone un problema. Así que tiramos de inventiva y aquí no pasa nada.
También tienes que acordarte de todo lo que se diga. Porque luego confundes el paciente al que se le va a poner una vía central con el del enema y no sé yo quién sale más perjudicado. Y ya si entramos en temas de fármacos sí que nos perdemos... "al paciente de la 24 se le quita la brfsffr...".

Luego deberías tener un momento para poder respirar y escabullirte a la sala de descanso a picar lo primero que te encuentres. Y lo segundo también. Pero empiezan a llamar para hacer curas y repartir apósitos a punta pala. Yo no me explico qué leches hace la gente con sus familiares en sus casas para que tengan una úlcera del tamaño de una tartera y no se hayan enterado. Prefiero no pensarlo.
Así que ahí tienes que ir tú a meter la mano (el brazo y el hombro) dentro de un paciente sin tener ni idea de qué le vas a echar. Porque mira que hay geles. Si por mi fuera echaba una cremita hidratante, que eso va bien para todo. Pero hay que ser serios y echar los hidrogeles, los aquageles, los geles tipo planta y los pikachu-geles. Y luego los apósitos, que eso ya es otra historia, porque entre apósitos de plata y de cobre ya no sabes si estás curando a un paciente o gestionando la economía de un poblado chabolista.

Después de todo eso, casi puedes dar por terminada tu jornada. En parte porque tienes casi la mitad de pacientes que la semana pasada, y eso se nota.
A pesar de todo, el ver que te dejan solo y que tienen la confianza para hacerlo, y sobre todo, que sobrevives a quedarte solo te hace sentirte realizado, además de que por primera vez en muchos meses sientes que sí, que por fin has aprendido cosas sin que se te hayan olvidado en dos días.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Pacientes e impacientes

Cuando estás en una unidad de cuidados paliativos ocurre algo curioso, y es que a pesar de estar en una unidad de hospitalización puedes marcharte un fin de semana (o un puente) y volver la semana siguiente encontrándote con que en casi todas las habitaciones hay pacientes nuevos.

Obviamente no te preguntas qué ha pasado con esos pacientes, ya te haces una idea aproximada, así que te dispones a ir conociendo a los nuevos.
Por lo general cuando hay ingresos conoces más a los familiares que a los pacientes, ya que estos suelen llegar ligeramente inconscientes, y lo único que puedes hacer es mirar para ellos y pensar "llegando así poco va a aguantar...".

Pero al cabo de unos días te sorprendes al ver que empiezan a mejorar y cuando van recuperando un poco de vida vas empezando a conocerlos. Algunos son gente realmente amable y simpática, que te agradecen todo lo que haces y siempre tienen una sonrisa para ti. Otros, bueno, no tanto...
A pesar de que cada paciente es un mundo y no he podido diferenciar una gran diversidad voy a hablaros de los tipos de pacientes con los que me he encontrado durante estas 3 semanas de prácticas.

  • El que está, pero no está: dentro de esta categoría se incluyen la mayoría de pacientes que hay en paliativos. Son los que están allí tumbados, casi sin moverse. Ya los reconoces por el número de habitación en el que están desde que tú llegaste. Nunca has escuchado ninguna palabra, al menos entera y en español, que haya salido de sus bocas. A pesar de ser los pacientes menos activos son los que más actividad exigen. Es sorprendente la capacidad que tiene alguno para absorber chutes de estupefacientes que dejarían en coma a un elefante. Y aunque hay días que parece que están fatal siguen aguantando con toda la fuerza que les queda. Son como esos abuelos que todas las navidades te dicen que esa va a ser su última y al final acabarán enterrándonos a todos...
  • El paciente, paciente: este tipo de paciente suele ingresar con un estado general bastante deteriorado, pero con el paso de los días va mejorando bastante. Son los que cuando pasas por la mañana te saludan, los que te vacilan, y con los que te diviertes. También son esos que siempre que pueden preguntan cuando podrán irse a casa, y tú casi que deseas que puedan irse, pero es muy, muy, muy difícil. El mejor momento es ese en el que finalmente le dan el alta, y tú vas a su habitación a despejarlos de todo lo que tienen enganchado o pinchado. Ahí sufres por si les haces una masacre y les obligas a quedarse allí más tiempo.

  • El paciente, impaciente: este es un grupo exclusivo de pacientes. No están inconscientes, pero en muchos momentos desearías que sí. A veces tú y tu mente perversa planeáis sedarlo para que deje de darte el coñazo. Es el paciente que empieza a pulsar el timbre como si no hubiese un mañana para decirte que los 10 litros de aire que le estás pasando por la mascarilla no le están llegando. Tú, precavido, lo compruebas y descubres que no solo sí le llega el oxígeno sino que tiene más concentración que tú, que tienes 50 años menos. Así que le dices que no se preocupe que no hay ningún problema. Pero te hace volver a la habitación, a ti y a 5 personas más con sus gritos, solo para decirte que sois una pandilla de incompetentes. Tú piensas como puede ser que una persona tan vulnerable tenga tanta fuerza para quejarse, así que sonríes y piensas que en vez de sedarlo vas a meterle un poco de cianuro potásico en el colacao de mañana.
  • El paciente doctor: le han diagnosticado una enfermedad, y para ponerse en situación se ha leído la Wikipedia. Todo perfecto, pero no se ha quedado ahí. También se ha visto enteras House y Anatomía de Grey, y entonces ahora se toma la libertad, no solo de comentar, sino de cuestionar todo lo que se le hace. Sugiere "amablemente" que deberíamos hacer lo que él propone porque ya sabe muy bien todo lo que le pasa y cómo solucionarlo y no necesita que nosotros aportemos ideas con nuestros conocimientos absurdos. Básicamente se ríe de lo que todo el personal ha estudiado y decide que leer 3 páginas de internet es más efectivo. Lo más rápido es darle la razón pero hacer lo que a ti te de la gana.

  • El paciente curioso: este no tuvo tiempo de leer la Wikipedia ni de ver la televisión después de que le diagnosticasen la enfermerdad, así que ahora se preocupa por conocer su estado de salud. Si tiene fiebre, lo quiere saber. Si no, también. Y cada vez que se le enchufa medicación quiere saber qué es y para qué sirve. Esto te pone en un aprieto a ti, que te cargan con bolsas de líquidos diversos y tú sin tener ni idea de qué son vas repartiendo por toda la planta. Cuando te preguntan qué le hace lo que le estás poniendo, tú tiras de genéricos y le sueltas un "esto es <<introducir el primer nombre que leas en la bolsa>>, que va bien 'pá todo', así en general".

jueves, 10 de diciembre de 2015

Excursión a (des)preventiva

Hoy es uno de esos días en los que ya te despiertas con ganas de no hacer nada en todo el día. Y así serías feliz.
Porque un puente de 4 días no es suficiente y que la semana haya empezado un miércoles no significa que tú tengas que salir de casa a las tantas de la mañana con ganas de comerte el mundo.
Así que, cuando te dan la oportunidad de escoger un día para ir a preventiva, escoges uno en el que ya sabes que vas a dar gracias por no tener que ir a las 8 a las prácticas. Y escoges hoy.


Con casi una hora más de sueño nos dirigimos hacia la unidad de medicina preventiva. Si nunca has estado, es físicamente imposible que seas capaz de encontrarla. Puede que ellos tampoco quieran ser encontrados... quién sabe. La cuestión es que habitan un pasillo sellado por puertas que cualquiera confundiría con un "solo personal autorizado". También es cierto que vestidos con un pijama blanco ya se nos considera personal autorizado...


Ya nada más llegar nos explican que lo único que vamos a hacer hoy es sacarnos sangre, y ya cuando lleguen los resultados veremos si hay que vacunarse o si tenemos alguna divertida enfermedad escondida. Lo más curioso de todo es que el control vacunal se hace para las prácticas, pero los resultados de los análisis llegan el día que se acaban las prácticas. Sanidad pública, eficiente y de calidad. Eso siempre.


Así pues, una vez atendidos nos llevan a hacer las analíticas. Y claro, como somos de prácticas pues ya nos pinchamos entre nosotros. Ya he comentado anteriormente que yo y los pinchazos en vena no somos muy amigos, así que el tener que pincharnos entre nosotros no me pareció la idea del año precisamente.
Para mejorar el panorama tuve que pinchar a mi compañera, sí, la que se dejó las venas en su casa. Pero no en su casa de aquí. No. Las dejó en una casa que tiene allá por las antípodas.
Si no tuviese pulso probablemente pensarías que es un brazo de simulación para laboratorio. Pero había que pinchar, así que con un poco de palpación (y mucha imaginación) encontré una supuesta vena. La suerte quiso que esa supuesta vena fuese realmente una vena, porque el desastre podría haber sido épico (y tenemos camas libres en paliativos para este tipo de desastres).
Mi sistema nervioso decidió en ese momento llenarme de inspiración para que el sudor, los mareos y la triple visión no hiciesen acto de presencia, pudiendo así sacar sangre (de forma normal).
El problema vendría cuando me sacaron sangre a mí.


La gente se queja cuando tienen las venas muy profundas, o que no se les ven bien. Yo tengo un mapa callejero de Ciudad Venal Real en los brazos. Nadie parece hablar del problema que supone tener las venas superficiales. Es un trauma vivir así. Podéis tomároslo a broma pero con este problema subsistente en la población cualquier esquina de una mesa es potencialmente mortal.
Y cualquier aguja duele, mucho. El que solo hubiese que llenar dos tubos lo hizo menos angustioso, pero eso más que tubos parecían camiones cisterna... que lento pasa el tiempo cuando tienes un aguja dentro de ti. Que no hubiese que ir en ayunas también facilitó el que no me desmayase por un bajón de fuerza vital espontáneo, aunque espero que no analicen el colesterol, que mis desayunos son bien consistentes.
Ahora toca esperar por los resultados, que nunca se sabe quién se puede ir a las navidades con un VIH de regalo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Vuelve a casa por Navidad

Ya estamos en diciembre y poco a poco se van acercando ya las ansiadas vacaciones de Navidad. Después de 3 semanas de prácticas la llegada de unas vacaciones es algo más que apetecible.

La navidad es esa maravillosa época del año en la que las familias se reúnen y disfrutan juntas de unos días de felicidad, regalos, amor y muchas cosas bonitas más, según lo que he podido averiguar en una reciente investigación cinematográfica que he realizado.
Dejando de lado el cine americano, aquí sabemos que ha llegado la navidad porque cada vez hace más frío, aparecen los turrones y las luces de navidad y el esperado anuncio de la lotería sale a la luz. También sabemos que se acerca porque en la comida los entrantes se toman amaneciendo y para los postres ya hay "sol de tarde". Este año además se le suma una espléndida campaña electoral para darle más emoción a unas fiestas que no la necesitaban.

Entrando en el tema en cuestión, a pesar de que aquí no vivamos las navidades con ese entusiasmo y ese empalago norteamericano, sí que es bastante común que en estas fiestas te juntes con la familia después de algo o mucho tiempo, y a pesar del estrés y el agobio es algo que forma parte de nuestra rutina de todos los años. Las navidades están para pasarlas en compañía.


Sin embargo en el hospital esto no ocurre.
Si ya trabajando allí casi ni te enteras de que está llegando la navidad, cuando estás ingresado en un hospital pierdes totalmente la noción del paso de los días y los meses. Allí todos los días siguen la misma rutina, con un nivel de alegría más bien justo.

Puede ser que en unidades de pediatría o en oncología pediátrica tengan la humanidad de alegrar los pasillos y poner adornos y regalos para hacer a los niños más ameno el horror de estar ingresados en navidades. Es normal, ya bastante horrible es para un niño.

Inundación de navidad en paliativos.

Pero para los demás, sobre todo en una unidad de cuidados paliativos, pasar las navidades en un hospital no es agradable. Ni para los enfermos que están (más o menos) conscientes, ni para las familias.
Porque esos familiares que están acompañando a pacientes casi en coma están solos, no tienen ningún tipo de compañía, y hay muchos que vienen desde varios puntos de la provincia dejando allí al resto de sus familias.

Puede ser que mientras estén allí coincidan con otro familiar del tipo "abuelita visitadora" (de esta aún no os he hablado) y así se entretengan algo, pero a pesar de eso siguen estando solos. Y son los hijos, hermanos, cónyuges de personas que, nos guste o no, ya no van a estar ahí dentro de unas semanas.
Así que ante la llegada de las festividades navideñas cada vez que entras en una habitación, ves como se te acerca un familiar, tímido, receloso, esperanzado, que te dice así como quien no quiere la cosa... "Mira, y para cuando sería posible que volviese a casa...?".
Tú, con toda la humanidad que te cabe en el cuerpo les dices que en el estado en el que se encuentra el paciente difícilmente puede salir al pasillo, ya no digamos irse a casa.
Y cada día que pasa deseas que los pacientes mejoren para poder echarlos de allí y que se vayan a pasar la que puede ser su última navidad con sus familias.


domingo, 6 de diciembre de 2015

Principios de codificación y encriptación de la escritura en receta

Uno de los mitos más populares que existen sobre los médicos es el de que escriben mal.
En un mundo avanzado como en el que (supuestamente) vivimos no deberíamos de seguir creyéndonos este tipo de mitos. Son antiguos, absurdos, y en algunos casos ofensivos.

Este es uno de esos casos. Es un mito falso, y sobre todo ofensivo para la gente que realmente escribe mal. Porque no es cierto que los médicos escriban mal.
Lo que hacen ya no entra dentro de la definición de escribir, se podría llamar garabatear o escritura jeroglífica. Un niño de 5 años escribe "mi mamá me mima" con una destreza que ya les gustaría a ellos. Su regalo ideal para navidades sería un lote de cuadernos rubio o santillana para escribir bien (ya tenéis la idea).

Ante la duda, morfina.
Esto es muy curioso porque generalmente los estudiantes con los que hablas tienen una letra "relativamente" legible, así que te preguntas en que momento de sus carreras educativas pierden la coordinación cerebro-mano (probablemente en la celebración de su graduación) para acabar escribiendo las recetas chapuzas que tú te quedas horas intentando transcribir. Sin éxito, claro. 

Al final te decides por coger el fármaco que más se aproxima a lo que hay dibujado en la receta, a ver si hay suerte.

Ante este grave problema de compenetración entre profesionales ha surgido un nuevo programa informático para realizar las prescripciones médicas. Pero mientras sea más complicado de entender el programa que las recetas tendremos que seguir mejorando nuestras habilidades en grafología para no confundir macrogol con midazolam y liarla bien liada.

Si tenéis 10 minutos en este puente os recomiendo este monólogo, que explica con una certeza asombrosa el proceso de escritura de las recetas:


viernes, 4 de diciembre de 2015

Viernes 13

Los viernes son días complicados, se mezclan muchos sentimientos y tu personalidad se trastorna a medida que avanza el día.
Por una parte estás agotado de toda la semana y solo piensas en el momento de llegar a casa y tumbarte en tu cama a disfrutar del maravilloso puente. Y claro, es viernes y también quieres irte pronto, así que a partir de media mañana empiezas a hacerlo todo a correr. Y las prisas son malas para todo... Pero empecemos por el principio.
Empezaba el viernes con la expectativa de que mis compañeras de unidad me iban a abandonar, así que tuve que asumir que tendría que cargar con el triple de pacientes que un día normal. Esto suponía una perspectiva interesante para mí viernes.

Por suerte, una arrepentida volvió a mí y yo la acogí entre mis brazos aliviado, viendo así truncada mi más que probable futura muerte ahorcado entre cables de tensiómetros.
Así pues nos dirigimos a la planta unos minutos antes de lo normal (casi puntuales). Al llegar nos disponemos a entrar en acción lo antes posible para poder paliar los efectos de la baja de uno de los proyectos.
La reacción de nuestros enfermeros nada más vernos llegar con prisas y ganas de ponernos a trabajar: "¿queréis café?". Tengo que decirlo. Si ya pensaba que mi enfermera era un sol antes, con esto ya me derritió. Porque realmente no tendrían por qué molestarse en ser amables con nosotros. Y aún así lo son (en general, claro) y eso hace mucho más agradable compartir las mañanas juntos.

Tras rechazar el café (que ya aceptaríamos a media mañana), nos disponemos a empezar la rutina. Y aunque el trabajo de más se nota ligeramente no nos trastoca. Todo se altera cuando empiezan a aparecer altas. Sí, ALTAS.
Por una parte te alegras. Primero, porque son altas, y eso es algo que sinceramente en una unidad de paliativos no te esperas. Segundo, porque pasar todo el día en un hospital durante tanto tiempo es triste y deprimente, y te motiva pensar que van a poder ser libres y seguir con sus vidas, tanto ellos como sus familiares. Sin embargo también te entristece porque acabas cogiendo confianza con ellos y es agradable hablar un poco con alguien ajeno al estrés del pasillo. También suele ocurrir que los familiares de estos pacientes son los más majos (y los peores familiares son de los pacientes que más aguantan...).


Así que cuando por primera vez un paciente se despide de ti, y además te deja un regalo, pues te llega a las aurículas. Te sientes realizado y feliz, y aunque para ti una sonrisa ya es agradecimiento suficiente, unos bombones no se rechazan, y menos aún con el hambre que entra a media mañana.

Tras el descanso de las 12 y media se va acercando la hora de marchar, y empiezan a aparecer las prisas. Así que preparo la medicación como si me fuese la vida en ello (que la vida no, pero la comida sí que me iba). Y después de eso, a pinchar.
Una de las primeras cosas que observas cuando empiezas a hacer prácticas en el hospital es que todas aquellas medidas de prevención, higiene y demás que se estudió en la carrera el año pasado viene siendo el papel para limpiarse las manos. Nadie, absolutamente nadie, sigue las normas de prevención necesarias. Como tú no quieres sentirte idiota ni quedarte sin piel por ir a lavarte las manos cada 2 minutos y coger guantes cada vez que sales de una habitación pues vas emulando su comportamiento. Y acabas siendo tú el idiota.

Porque es viernes, estás a punto de largarte para volver a tu casa, con las prisas, las ganas de terminar con todo, y ese toque de ego con el que haces las cosas con un estilo digno de llevar trabajando allí 10 años.
Y vas y te pinchas.

Notas un pequeño pinchazo en el dedo y nada más notarlo vas a buscar el origen de ese dolor.

Allí está: pequeña, afilada, casi como riéndose de ti. La aguja con la que acabas de pinchar al paciente que ingresó el día anterior se ha salido de su capuchón con el firme propósito de pincharte a ti y arruinarte el día.
Es entonces cuando te da un mini-infarto. El día anterior ingresaron dos pacientes, y ya sabes que uno de ellos tenía hepatitis. Prefieres no pensar que tenía el otro por si el mini-infarto pierde su "mini".
Empiezas a agobiarte y notas como si la calefacción hubiese subido 20 grados de golpe. Y pensar que ayer a estas horas tu mayor problema era pensar en la cena... A partir de ahí te olvidas del puente y ya solo piensas en la semana que viene y la excursión a preventiva, a ver que sacas de ahí.

Un día cualquiera, en un momento cualquiera, por azar del destino, te pinchas. Y ese día te puede arruinar la vida para siempre. Puede parecer absurdo, de verdad que sí, pero no vale la pena correr el riesgo por no haber tenido un poco más de cuidado. Porque tu salud vale mucho.