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sábado, 26 de diciembre de 2015

Final de paliativos

Y al final pasaron las 5 semanas.
Cuanto tiempo, cuantas horas, cuantas mañanas deseando que llegase este momento.
Al final terminamos el mes y medio de prácticas, y con él ya damos por listo el primer semestre, a la espera, claro, de los exámenes.
Pero realmente han sido unas semanas duras.

Es el primer contacto que tenemos en nuestra vida con el mundo laboral (al menos para mí), y entramos de lleno en un horario de funcionarios, que te descoloca, por no decir que te amarga la vida.
La primera semana te la tomas de prueba, a ver como te sienta eso de entrar a las 8 y salir a las 3.
Y es malo.
No hay anuncios de gente feliz desayunando a oscuras ni películas con gente disfrutando de un buen zumo a la luz de la luna. Porque antes de que salga el sol la felicidad no existe.
Sé que he repetido en numerosas ocasiones lo horrible que es madrugar, pero no os podéis hacer una idea si no os tenéis que levantar antes de las 7 de la mañana. Toda tu vida se ve alterada, desestructurada. Al principio crees que podrás sobrellevarlo, pero cada vez que suena el despertador te quita las ganas de vivir. Probablemente si la gente guardase cuchillos en la mesa de noche el índice de suicidios aumentaría drásticamente.

Lo peor de todo es que se convierte en el centro absoluto de tu vida. Es lo único en lo que puedes pensar. Llegas a mediodía a tú casa y al terminar de comer ya piensas en hacer todo lo que tengas que hacer rápido para luego irte a dormir y que puedas disfrutar de que el despertador te marque más de 6 horas de sueño. Claro que para las personas que en su rutina diaria no llegan a casa hasta las 23.30 lo de intentar acostarse pronto es misión imposible.

Por muy maravilloso, gratificante y divertido que sea lo que hagas en el trabajo (que no lo es tanto), el tener que madrugar le quita todo el esplendor. En el momento en el que el los rayos de sol dejan de entrar por tu ventana se apodera de ti un mal humor inusual, y cualquier ser vivo que se te acerque corre el riesgo de ser espantado a gritos.
A pesar de todo, del sueño, el cansancio, todo el pesimismo (que ha sido mucho) y esos ataques de estrés (que también han sido muchos) en los que solo querías dejarlo todo y volver a la comodidad de tu hogar, ha sido una buena experiencia. Por mucho que cueste hacerse a toda esa rutina es algo que hay que hacer en la vida, porque por desgracia no nos ha tocado la lotería. Y hay que llevarlo bien. En el trabajo vas a conocer a gente, unos mejores, otros peores, pero que por lo general te ayudarán a sobrellevar tu día a día. Y al final acabarás pasando momentos divertidos, ganando experiencia y viviendo muchas, muchas anécdotas que contar.

Antes de empezar a trabajar en paliativos me parecía que difícilmente podría haberme tocado una unidad más complicada. No tanto por el trabajo, si no por lo que supone una unidad de cuidados paliativos. Para que os hagáis una idea estos son los pacientes que han salido de la unidad desde que yo empecé las prácticas:


Con esto quiero mostrar el por qué de mi alegría cuando mandábamos a alguien de alta para su casa. Al principio se hace difícil el estar rodeado de este ambiente, en el que tus pacientes mueren sin que puedas hacer nada por evitarlo, pero es algo con lo que aprendes a vivir.
Tras 5 semanas, conseguí evitar que paliativos se apoderase de mí y yo mismo me apoderé de paliativos. Ahora toca disfrutar de un más que merecido descanso, y quién sabe dónde iremos a parar en las próximas prácticas. Solo espero poder pasarlo igual de bien y tener (bastante) menos sueño.
Hasta entonces, ha sido un placer (sobre todo acabar, para que mentir).

domingo, 20 de diciembre de 2015

Mensaje navideño

Niños y niñas, chicos y chicas, adolescentes maduros e inmaduros, adultos de verdad o aquellos que todavía se creen niños,  señores y señoras hemos llegado al fin de este blog que, como ya comenté anteriormente en otra entrada, se ha convertido en algo más que un trabajo de clase. Como se acaban ya las prácticas el martes, también se acaban las anécdotas, se acaban todos esos buenos momentos que he pasado junto a mis compañeros, junto algunas enfermeras las cuales me han enseñado mucho, junto a esos pacientes/acompañantes que me han robado un pedazo de mi alma.
Llega la Navidad, una época supuestamente feliz, y digo supuestamente porque realmente no vemos lo que pasa en el mundo. Que mientras nosotros cenamos con nuestras familias, otros están durmiendo en la calle, otros trabajando y otros ingresados en el hospital... Así que solo pido que nos acordemos de toda esa gente, aunque sea por un momentito, que hoy a 20 de diciembre está todo el mundo pendiente de quién gobernará España (gobierne quien lo gobierne... esperemos que lo haga bien), pero tampoco voy a meterme en temas de política, porque no es lo que os quería pedir. Solo que os acordéis de esas personas que no tienen tanta suerte de estar en sus casas por cualquier motivo o de esas que ni la tienen. Recordaros que no os agobiéis, que ahora viene la época de exámenes y hay que confiar en que se puede, chicos. Siempre recordaré aquellas clases en las que nos decían que no dijéramos delante de los pacientes que era la primera vez que hacíamos tal cosa... Yo creo que realmente al paciente le da igual. A mí que me dijeran tantas veces eso realmente me sirvió para una cosa: para creérmelo. Yo llegué al hospital pensando que ya había pinchado más veces, que había retirado mil sondas vesicales antes o que ya había realizado gasometrías a 20 personas anteriormente. Que el poder de convicción de "yo sé que puedo con esto" existe y realmente sirve de mucho. 



Y ya para despedirme, mucha suerte a todos, en vuestras carreras, en vuestros trabajos, en todo. Espero de veras que hayáis aprendido algo de lo que realmente es la enfermería y también que hayáis disfrutado de las miles de vivencias que, como podéis comprobar, se pueden llegar a dar en un hospital. 




Un saludo y hasta siempre. 
Firmado: Esther. 

PD: Si en las próximas prácticas ocurren cosas nuevas o anécdotas graciosas que contar, no dudéis que las plasmaré aquí, así que... seguiremos en contacto.

Otras formas de comer

Siempre nos dijeron desde pequeños que hay que comer con cuchillo y tenedor (o en tal caso cuchara) y no con las manos, pero os traigo aquí una nueva forma de alimentación, mucho más fácil y rápida (lo de cómoda ya no puedo decirlo): la sonda nasogástrica.
Como bien os explica el vídeo, el material necesario es: 
- Una sonda
- Lubricante
- Agua
- Jeringa y fonendo
- Guantes y esparadrapo
- Solución fisiológica

Con el paciente erguido, se mide la sonda desde la nariz, pasando por detrás de oreja y hasta el apéndice xifoides. Entonces hacemos una marca ahí. Lubricamos la sonda y empezamos a introducir. Mandamos al paciente que vaya tragando (saliva, agua...) para ayudar el paso de la sonda por el esófago. Una vez llegamos a la marca, colocamos el fonendo en el apéndice xifoides y con la jeringa introducimos aire. Si se escucha como un gorgoteo, es que está bien situada, sino hay que volver a intentar introducir la sonda. En el caso de que ya estuviera ahí, fijamos la sonda y la conectamos al sistema de alimentación.



La despedida

Me da mucha pena despedirme de todo. No sólo del hospital, de los pacientes, de las enfermeras (sólo algunas, para qué mentiros), sino también de la rutina a la que me estaba acostumbrando, porque se va creando un ambiente que empieza a formar parte de ti.
Haces parte de ti el terminar rápido de pasar controles y repartir la medicación para pasar visita con los médicos. Haces parte de ti los descansos en los que conocías más a tus compañeras, y ellas a ti, y pasaron de ser conocidas a ser amigas. Haces parte de ti los momentos de la mañana en los que no había nada que hacer y sometías al tercer grado a las enfermeras novatas sobre cómo llegaron hasta allí. Haces parte de ti el conocer los trapos sucios que existen entre enfermeras, supervisora y médicos. Haces parte de ti robar chucherías del armario del control. Haces parte de ti a esa gente, que viene y se va, y a los que se tienen que quedar más tiempo.
Haces parte de ti ser enfermera.

No sé cómo seré de aquí a unos años, no sé si cuando lleve diez o veinte años trabajando seguiré con las mismas ganas que ahora, pero ojalá sea así, porque disfrutar con lo que haces es lo más bonito que existe y ojalá todo el mundo pudiera disfrutar de este privilegio. 

Espero que este blog os haya servido para algo, y si no, que por lo menos os entretuvieseis leyendo nuestras historias. Me alegro de haber compartido con vosotros esta experiencia.

Gracias por todo y feliz navidad!



Últimos días ajetreados (parte 2)

Una de las cosas que más me han gustado de las prácticas es que cada día, a pesar de tener planificado lo que tienes que hacer, siempre ocurre algo inesperado. Nunca un día es igual al anterior. A veces crees que te toca una enfermera y resulta que se cambia el turno con otra, y puede parecer una tontería, pero la enfermera que te toque influye mucho en cómo pasas la mañana, os lo puedo asegurar... Un día pasas los controles sin ninguna incidencia, pero al siguiente han desaparecido los termómetros, el tensiómetro se te queda sin batería y tienes a tres personas aisladas a las que hay que pasar los controles a la antigua usanza, como nos enseñan en clase, midiendo la sistólica y la diastólica con un fonendo...
Tampoco sabes si un paciente va a estar tranquilo o te va a dar un poco la lata, a veces timbran por todo y acabas saturado, pero otras veces no es culpa suya si la vía periférica no va bien o si no consiguen orinar y hay que sondarlos, aunque a algunas enfermeras parece que les molesta. Yo la verdad no entiendo porqué, si es lo más divertido que se hace en toda la mañana, pero bueno, supongo que después de 20 años se divierten más tomando un café.

Sinceramente creo que podría enumerar todas y cada una de las cosas que hago por la mañana y decir que son interesantes. Incluso escribir los comentarios en el GACELA es interesante. Creo que no os he hablado de esto cuando hablé del GACELA: los comentarios se escriben hacia el final de la mañana y se anota cómo ha pasado la mañana cada paciente, en la mayoría no hay incidencias y se escribe más o menos esto: "Afebril, constantes normales, PBA negativa (la PBA es la afección pseudobulbar, que es cuando un paciente rie o llora involuntaria e incontrolablemente; nunca la he visto positiva), neurológicamente igual, se le da la medicación pautada, pasa bien la mañana, paseando". A mayores pueden ocurrir incidencias que también hay que dejar reflejadas aquí: "Baja a realizar un TAC; se le retira sonda vesical, pendiente de orinar; refiere mucho dolor; se le realiza hemocultivo y muestra de orina, pendientes de resultado de laboratorio; etc."
Normalmente los escribimos nosotras mientras ellas nos dictan porque solemos escribir algo más rápido, pero tan ocupada estuve estos últimos días que lo hizo mi enfermera sola mientras yo andaba por ahí dando vueltas.

(Soy fan de este GIF)
En definitiva, un consejo que os puedo dar es que aprovechéis las prácticas al máximo.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Últimos días ajetreados...

Como no me apetece nada seguir hablando de enfermedades y operaciones, os voy a hablar directamente de mi rutina estos últimos días de prácticas. En realidad la mayoría de las personas no acaban sus prácticas este viernes, sino el martes, pero nos dejan dos días en los que podemos faltar sin justificación alguna y yo elegí el lunes y el martes. 

En mis últimos días no he parado ni un momento, de hecho han sido los días que más tarde hemos salido. Como dije en la anterior entrada, parecía como si los pacientes se hubiesen dado cuenta de que nos queríamos marchar y no nos quisieran dejar.
Para empezar, pasé de tener cinco camas vacías a tener aforo completo de habitaciones. Esto ya no nos supone un problema porque pasamos controles como aquellos camareros que llevan tres platos en cada brazo yendo en patines: somos auténticas expertas. Y mientras pones el tensiómetro a un paciente, uno de los termómetros ya está puesto en el otro. Y mientras esperas a que el tensiómetro acabe con el segundo paciente estás anotando la temperatura y preguntándole si ha hecho de vientre al primero.



Lo sé, parece demasiado complejo para los que seáis inexpertos, pero todo es cuestión de práctica, amigos. Pues bien, mientras nosotras hacemos esto, nuestra enfermera va preparando la medicación y nos la encontramos a mitad de camino. Sin embargo, esta semana ha habido un par de veces en las que he acabado tan rápido que mi enfermera casi no había empezado ni a repartir la medicación.

El último día faltó una de mis compañeras, y tuvimos que pasar también sus controles y ayudar a su enfermera cuando nos lo pidió para quitar vías, hacer curas, cambiar sueros... Casi estuve más con esa enfermera que con la mía. Después pasamos toda la mañana de arriba para abajo, preparando la medicación de las 12, y haciendo todos los cuidados de nuestros pacientes. 

El motivo por el cual salimos tan tarde estos dos últimos días es porque a una de mis pacientes, llegadas las dos de la tarde, comienzan a darles ataques de ansiedad. Como es una paciente operada de un problema cerebral todavía no es del todo consciente de lo que hace o dice a veces, y en sus ataques se dirige a personas que no están en la habitación. 
Estuve más de media hora intentando que se calmara. En realidad yo no tendría porqué estar con ella tanto tiempo, mi enfermera ya se había ido después de darle medicación para que se tranquilizara, pero yo me sentí en la obligación de quedarme un rato más.
En el momento no lo pensé demasiado bien y creo que no debería haberme quedado, porque la verdad es que yo no pintaba nada allí, y lo único que hacíamos era poner más nerviosa a la paciente. Además, el hecho de quedarme tanto tiempo creo que hizo pensar a los acompañantes que era mi deber, cuando no era así, porque simplemente estaba ahí porque quería. En ese momento no tenía nada más que hacer, pero si fuese enfermera no podría haberme quedado tanto tiempo.
Esto sólo es una anécdota más. Experiencias que te van enseñando cosas nuevas y cómo actuar en cada momento. Esto pasa con todo, cuando te mandan hacer cualquier cosa: la primera vez no sabes qué hacer, y seguramente la segunda también andes algo perdida. Pero las siguientes ya no tendrán ni que acompañarte cuando vayas a hacerlo. 

Si algo he aprendido de estas primeras prácticas es que no sabes hacer nada, hasta que lo haces tú mismo, de nada sirve aprender la teoría si no la llevas a la práctica, y he aprendido más en este mes sobre este oficio que en todo el año pasado.

See heaven's got a plan for you

Comenzamos fuerte el día. Otro fallecido al que había que hacerle un electro, pero creo que esta vez me impresionó más. Porque a esa misma persona el día anterior le estábamos haciendo las curas y no tenía mala pinta, esa pinta de que se va a ir de un momento a otro. Y es chocante, tal y como ya os expliqué anteriormente, esa fina y tan traspasable línea que nos separa de pasar al otro barrio. Es raro cuando vives tan cerca de la muerte, más que raro tal vez irónico. Y difícil. Más que difícil. Más todavía cuando tienes conocimiento de que esa persona ya no tiene salvación, de que sabes que va a allí para que no sufra, porque todo se vuelve frágil. La gente va a la universidad y les enseñan a construir casas, grandes edificios. Les enseñan matemáticas, idiomas, las leyes de la física o millones de reacciones químicas. Te explican cómo funciona una central eléctrica o cómo es capaz de volar un avión. Pero ninguna universidad te explica a cómo sobrellevar una muerte. Cuanto más sobrellevar más de una muerte por día. Porque vale que no son familiares, ni amigos, pero sí que se podrían considerar como conocidos. Pasas 7 horas al día con ellos, los acabas incluso conociendo, sabiendo de qué pie cojean, sabiendo si se quejan de vicio o porque realmente les duele algo. Y te choca. Como una señora mayor que llamó al timbre y fui a ver qué quería. Al parecer solo quería que la levantasen un poco de cama, y digo al parecer porque cuando acabé de ayudarla me agarró del brazo y me empezó a hablar. Lo que realmente quería era a alguien con quién hablar. Una señora super maja y muy amable que me llegó a preguntar por mi edad, pero no es la mía la que importa, era la suya. Noventa y cuatro años. Con la cabeza bien amueblada... "Para qué queres chegar a miña idade, para estar así tiradiña nunha cama", me dijo. Pero realmente es todo un logro tener esa edad y saber hablar razonadamente, o simplemente poder hablar. Que uno nunca está tan mal como se cree, que te puedes quejar de que tu vida es un asco pero siempre va a haber una peor. Esa señora pude comprobar más adelante que realmente es super positiva, que como todos los humanos tenemos un punto de flaqueza en el que nos dejamos llevar por la tristeza, por así decirlo, y así como conmigo se mostró como "apagada", al día siguiente fuimos los de prácticas a hacerle un electro y fue una persona muy diferente. O cambió de opinión sobre la vida o sabe fingir cuando hay más gente, que como dice mi madre muchas veces: "la procesión va por dentro". 

Aprendes a valorar a la gente, a ayudarla, porque la enfermería es más bien una universidad de la calle, autodidacta. Aprendes de otros enfermeros, de otros compañeros, pero también aprendes de miles de seres humanos que, tal vez, estén en el peor momento de sus vidas. Aprendes la diversidad de comportamientos humanos, aprendes a saber cómo tratar a cada persona. Aprendes que la vida es una oportunidad, y no hay más, y tú decides cómo aprovecharla. Pero eso sí, que nadie te robe el humor ni la oportunidad de continuar sonriendo. 


sábado, 12 de diciembre de 2015

Todo lo bueno se acaba

¡Al fin es viernes, chicos! El tan esperado día de la semana por todos los estudiantes e incluso por algunos trabajadores, aunque pensándolo bien, no es una alegría tan grata como hace unos meses, pues se aproximan a la par los exámenes...



Solo nos queda la siguiente semana y dos días más de prácticas, o sea, 7 días en total. Es algo que me alegra y me entristece a la vez. Me alegra porque aunque tenga que seguir levantándome temprano para estudiar, no será tan temprano como las 6:30, pero por otra parte me entristece porque es divertido, porque ahora pienso que sí, seguiré teniendo más prácticas, pero ya no serán en el mismo sitio, ni con las mismas enfermeras, ni con los mismos compañeros de prácticas, que después de pasar seis horas como mínimo diarias con ellos, les acabas cogiendo cariño, aparte de todas las experiencias que vives con ellos/as, sobretodo por mi parte, ya que era la primera vez que pisaba un hospital sin ser yo la paciente. Son historias que me llevo, pacientes a los que solo yo pondré cara, algunos de los cuales sé que no me olvidaré nunca y otros que supongo se me irán olvidando a lo largo de los años... Aquella primera gasometría en la habitación 219/2, la segunda en la 220/1, cosas que se me van a quedar marcadas. De todas las vías que saqué siempre recordaré aquella en la que casi un paciente se me desangra y yo con toda la calma del mundo poniendo gasas, una encima de otra, no podía mostrarme agitada o asustada porque igual entonces al señor en vez de darle el alta le daba un "patatús". Aprendes pequeñas cosas que no te enseñan en clase, como por qué a veces los sueros no gotean, en tal caso debes recurrir siempre a la primera opción que es comprobar que la vía esté  en sus sitio y si lo está, igual lo que debes hacer es limpiársela, con una jeringa de 5ml llenarla de suero y limpiar así la vía, ya verás que luego sí que gotea. 

Y lo mejor de todo es esa sensación de haberte sentido realizada por primera vez, o cuando un paciente te da las gracias por todo lo que haces, o hasta el punto de que un acompañante te diga esto de su padre (el que estaba ingresado): "debéis cuidarlo muy bien, que él ni marchar quiere". Son cosas bonitas, que gustan cuando las escuchas, que mi paga semanal son esas palabras de agradecimiento, a veces, incluso, de afecto.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

El trabajo y la experiencia

Cualquier experiencia en la vida te aporta algo. Y la mayoría de las veces es bueno, porque hasta de las malas experiencias se aprende.
Cada paciente que pasa por ti te enseña algo: que hay gente muy rara, pero inofensiva; que hay gente muy egoísta; gente muy resentida, que lo paga con el mundo; gente muy reservada; y muy buenas personas, por supuesto. 

Un trabajo como este te da la experiencia de tratar con todo tipo de personalidades. Aprendes que muchas veces es mejor dar la razón, porque no ganas nada discutiendo, aunque sepas que estás en lo cierto, o como alegrarle el día a alguien que lo está pasando mal... Son habilidades que un trabajo como este te otorga sin pedírselo.

Con el tiempo vas sabiendo cómo actuar ante cada uno. Cuando llevan bastante tiempo ingresados ya sabes cómo hacer para ponerte de acuerdo con ellos, y cuando son nuevos vas estudiándolos poco a poco a través de sus acciones para tener una idea de cómo van a actuar. Todo un auténtico trabajo de investigación, sí señor. 
Pero ante todo no se debe caer en la rutina. Con esto me refiero, por ejemplo, a que siempre hay el típico paciente pesado que se queja por todo, y lo normal es que te sature y termines por pasar de él. Pero por culpa de este tipo de pacientes, cuando alguno de los que nunca protestan se queja por un dolor, que es totalmente real, es tratado como si en realidad no lo tuviese. Como se suele decir "pagan justos por pecadores".

Hay de todo un poco, y esto también se aplica a los acompañantes, como no (en realidad esto que os digo de ser pesado y estar pidiendo cosas todo el rato, suele ser más manifestado por los acompañantes que por los propios pacientes, por ese afán de protección que tienen).

Conoces a gente feliz, y a gente desamparada. 
Es triste ver a personas que pierden la esperanza, o a personas que están enfadadas con la vida y lo pagan contigo. Entiendo que puedes no darte cuenta de tus actos cuando estás mal, pero hay gente que simplemente es así. Son ese tipo de gente que no valora que lo que tú haces por ellos es ayudarlos, o por lo menos eso intentas. No somos superhéroes, no les vamos a salvar la vida (bueno, a lo mejor sí, quién sabe), pero tratamos de hacerla lo más llevadera posible, y duele ver como hay personas que creen que quieres hacerles daño, o no lo sé. En realidad no entiendo el por qué de ese desprecio por el trabajo que hacemos. Supongo que es nos pasa muchas veces, que no sabemos valorar las cosas.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Viernes 13

Los viernes son días complicados, se mezclan muchos sentimientos y tu personalidad se trastorna a medida que avanza el día.
Por una parte estás agotado de toda la semana y solo piensas en el momento de llegar a casa y tumbarte en tu cama a disfrutar del maravilloso puente. Y claro, es viernes y también quieres irte pronto, así que a partir de media mañana empiezas a hacerlo todo a correr. Y las prisas son malas para todo... Pero empecemos por el principio.
Empezaba el viernes con la expectativa de que mis compañeras de unidad me iban a abandonar, así que tuve que asumir que tendría que cargar con el triple de pacientes que un día normal. Esto suponía una perspectiva interesante para mí viernes.

Por suerte, una arrepentida volvió a mí y yo la acogí entre mis brazos aliviado, viendo así truncada mi más que probable futura muerte ahorcado entre cables de tensiómetros.
Así pues nos dirigimos a la planta unos minutos antes de lo normal (casi puntuales). Al llegar nos disponemos a entrar en acción lo antes posible para poder paliar los efectos de la baja de uno de los proyectos.
La reacción de nuestros enfermeros nada más vernos llegar con prisas y ganas de ponernos a trabajar: "¿queréis café?". Tengo que decirlo. Si ya pensaba que mi enfermera era un sol antes, con esto ya me derritió. Porque realmente no tendrían por qué molestarse en ser amables con nosotros. Y aún así lo son (en general, claro) y eso hace mucho más agradable compartir las mañanas juntos.

Tras rechazar el café (que ya aceptaríamos a media mañana), nos disponemos a empezar la rutina. Y aunque el trabajo de más se nota ligeramente no nos trastoca. Todo se altera cuando empiezan a aparecer altas. Sí, ALTAS.
Por una parte te alegras. Primero, porque son altas, y eso es algo que sinceramente en una unidad de paliativos no te esperas. Segundo, porque pasar todo el día en un hospital durante tanto tiempo es triste y deprimente, y te motiva pensar que van a poder ser libres y seguir con sus vidas, tanto ellos como sus familiares. Sin embargo también te entristece porque acabas cogiendo confianza con ellos y es agradable hablar un poco con alguien ajeno al estrés del pasillo. También suele ocurrir que los familiares de estos pacientes son los más majos (y los peores familiares son de los pacientes que más aguantan...).


Así que cuando por primera vez un paciente se despide de ti, y además te deja un regalo, pues te llega a las aurículas. Te sientes realizado y feliz, y aunque para ti una sonrisa ya es agradecimiento suficiente, unos bombones no se rechazan, y menos aún con el hambre que entra a media mañana.

Tras el descanso de las 12 y media se va acercando la hora de marchar, y empiezan a aparecer las prisas. Así que preparo la medicación como si me fuese la vida en ello (que la vida no, pero la comida sí que me iba). Y después de eso, a pinchar.
Una de las primeras cosas que observas cuando empiezas a hacer prácticas en el hospital es que todas aquellas medidas de prevención, higiene y demás que se estudió en la carrera el año pasado viene siendo el papel para limpiarse las manos. Nadie, absolutamente nadie, sigue las normas de prevención necesarias. Como tú no quieres sentirte idiota ni quedarte sin piel por ir a lavarte las manos cada 2 minutos y coger guantes cada vez que sales de una habitación pues vas emulando su comportamiento. Y acabas siendo tú el idiota.

Porque es viernes, estás a punto de largarte para volver a tu casa, con las prisas, las ganas de terminar con todo, y ese toque de ego con el que haces las cosas con un estilo digno de llevar trabajando allí 10 años.
Y vas y te pinchas.

Notas un pequeño pinchazo en el dedo y nada más notarlo vas a buscar el origen de ese dolor.

Allí está: pequeña, afilada, casi como riéndose de ti. La aguja con la que acabas de pinchar al paciente que ingresó el día anterior se ha salido de su capuchón con el firme propósito de pincharte a ti y arruinarte el día.
Es entonces cuando te da un mini-infarto. El día anterior ingresaron dos pacientes, y ya sabes que uno de ellos tenía hepatitis. Prefieres no pensar que tenía el otro por si el mini-infarto pierde su "mini".
Empiezas a agobiarte y notas como si la calefacción hubiese subido 20 grados de golpe. Y pensar que ayer a estas horas tu mayor problema era pensar en la cena... A partir de ahí te olvidas del puente y ya solo piensas en la semana que viene y la excursión a preventiva, a ver que sacas de ahí.

Un día cualquiera, en un momento cualquiera, por azar del destino, te pinchas. Y ese día te puede arruinar la vida para siempre. Puede parecer absurdo, de verdad que sí, pero no vale la pena correr el riesgo por no haber tenido un poco más de cuidado. Porque tu salud vale mucho.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Pase de modelos

Ya es jueves y estamos a muy poco de terminar nuestra tercera semana de prácticas. Se está convirtiendo en una experiencia bastante interesante. Dejando de lado claro, que la falta de sueño perjudica gravemente a nuestro humor diario.

Mi presencia en el hospital ya se ha asimilado hasta el punto de que los familiares ya me saludan con confianza y una sonrisa. Esto puede parecer absurdo, pero es que para ellos ya no eres ese "muchacho" que va paseando por el pasillo haciendo cosas aquí y allá.
Ahora eres aquel alma caritativa que no perdió ni un minuto (o eso creen ellos) en atenderles cuando el paciente al que acompañan tenía dolor, fiebre, náuseas... y tú les llevaste la solución. Tú y solo tú eres la imagen del ángel de la salud.
Aproximación gráfica
Pero no solo con los familiares ya tienes confianza. También con el personal del hospital. Por supuesto con los enfermeros (mal iríamos si a estas alturas no tienes confianza con ellos). Pero también con los médicos, ya que con ellos tienes bastante contacto.
Empiezas a sentirte importante cuando los de prácticas somos los únicos que repetimos turno todos los días, por lo que también somos los que (en teoría) sabemos todo lo que se hace, a quién se hace, y cómo se hace durante esas 7 horas. Así que al final te acaban preguntando las cosas a ti. Luego no tienes ni idea y te sientes fatal pero ese ya es otro tema.

Una de las prácticas fundamentales que se realizan todas las mañanas son los pases de visita médico. Los pases de visita se hacen todas las mañanas sin excepción (normalmente, claro) y consiste básicamente en que el médico va visitando a todos los pacientes que le corresponden. Era obvio.

Lo más interesante de esto es que según con quién te toque puede ser fugaz, corto o interminable. Pero siempre es instructivo, y eso es lo importante en unas prácticas, digo yo. Porque te van enseñando y tu vas escribiendo en tu bloc de notas como un alumno aplicado.

Para mí resulta divertido porque es como una excursión en la que nos juntamos médicos, enfermeros y proyectos de ambos bandos. Según el día pueden faltar los proyectos (sobre todo si es viernes), y cuando hay mucha carga de trabajo son los enfermeros los que no aparecen, y entonces te quedas tú en representación teniendo que atender a todo lo que pase y se diga. Y si preguntan sobre el paciente, te lo preguntan a ti. Te sorprendes a ti mismo conociendo un montón de detalles sobre otras personas que ni siquiera tú sabías que estaban en tú cerebro, y por primera vez sientes que el nivel de tu ego baja (ligeramente) para dar paso a algo llamado empatía. No, no se come.
Según el día también puede ser que el médico tenga mucho trabajo, o pocas ganas de hacer del pase de visita una ruta turística. En esos días despista a los proyectos entre cruces de habitaciones y despachos y se pone a pasar visita express él solo. A ti te da pena porque te gusta saber qué va pasando con los pacientes, pero es lo que hay.
Otros días eres tú el que gracias a una serie de órdenes continuas de tu enfermera tienes que ponerte a trabajar (seguramente sea algo que no te gusta) y te pierdes las visitas. Suele ser también esos días cuando menos caso haces a tu enfermera. Y ya no te pierdes la visita.

Algunas veces el médico se enrolla. Porque le gusta. Porque le importan los pacientes. Porque sí. Y entonces la visita a unas 6 habitaciones que no debería durar más de 20 minutos se convierte en una interminable tertulia de más de una hora en la que tú intentas mantener el equilibrio y la dignidad con un impresionante dolor de piernas y picor en todo el cuerpo.
De repente te das cuenta de que estás con la mirada perdida (la tuya), mientras el resto de miradas apuntan precisamente hacia ti esperando la respuesta a una pregunta que tu cerebro estaba demasiado cansado para escuchar (otro efecto secundario de dormir poco).
Ves como las no-agujas de la hora de tu móvil van avanzando mientras tu tiempo de descanso se va haciendo más y más breve, hasta que se vuelve negativo y te das cuenta de que probablemente deberías estar haciendo otras mil cosas. Pero claro, no te vas a ir ahora que solo le queda una habitación. Como no podía ser de otra forma, tú, inocente, iluso, tonto, no sabes que en esa última habitación se encuentra un paciente y una familia con la que el médico tiene una confianza digna de una charlita de unos 15 minutos más...

En el fondo es una actividad divertida, otra más, que te marca el corte de la acción de primera hora de la mañana al relax de segunda hora. Y así también compartes tu sufrimiento con los proyectos (porque allí nos juntamos to-dos).
Lo mejor de todo es esa mirada entre infantil y a la vez muy madura con un toque travieso de los pacientes cuando el médico les pregunta que quieren, y ellos simplemente responden:
"Ir a casa".


Analíticas por un tubo (literalmente)

Es cierto que el odio puede pasar al amor de un instante a otro. Así ocurrió con una enfermera. No es que fuera borde conmigo, simplemente no era tan maja como otras, hasta ese día. Ya me había tocado más veces con ella (hasta 4 veces, siendo esa la quinta), e incluso yo le cogí cariño. O igual es que simplemente ese día no tenía ganas de trabajar y me dejaba hacer más cosas a mí. Comenzamos por analíticas. Cuando me preguntó si había hecho alguna la verdad es que no sabía qué responder, porque diciendole que sí luego tendría que hacerla bien y no pifiarla, sino quedaría como una nula. Suerte tuve de que al señor se le notaban bastante las venas y no hubo ningún problema. Aunque no os lo creáis, supuso un gran reto demostrarle a esa enfermera que verdaderamente servía para algo. Demostrárselo hasta que luego hubo otra analítica, con más tubos que llenar, y digamos que de la vena que cogí mucha sangre no es que saliera y aún nos echamos allí un buen rato. Pero bueno, una bien y la otra regular, tampoco está tan mal si lo piensas (espero que ella lo haya pensado y me ponga al menos una nota decente). El siguiente reto vino con la retirada de una sonda vesical, y eso sí que fue un éxito rotundo. Aunque no tiene nada de complicado, solo se necesitan guantes, una bolsa donde tirar la sonda y la bolsa de orina y una jeringa de 10mL. Se conecta la jeringa a una parte de la sonda y se aspira el balón lleno de agua destilada que se encuentra en el final de la sonda (en la vejiga, para que la sonda no se escape), y una vez quitado todo el agua, tiramos de la sonda, más rápida que lentamente, pues no es muy confortable la sensación, pero tampoco tan rápido como para hacerles daño o alguna herida. Ah, y eso sí, ¡antes de nada clampar la sonda, eh! ¡Que luego lo dejáis todo hecho un estropicio y las auxiliares irán a por ti y te cruzarán de por vida! Pero todos huiremos de los problemas con la simple frase: "Pero es que yo soy...



martes, 1 de diciembre de 2015

My heart will go on

No, no hemos visto Titanic en el turno de hoy ni se ha hundido ningún barco (ni ningún paciente).
Hoy voy a hablaros sobre el electrocardiograma.


En general el trabajo diario en una unidad de cuidados paliativos no es precisamente sorprendente, todo va según un horario y por lo general no se hace nada fuera de lo normal.
Pero de vez en cuando, por capricho del azar (y de un médico) se tienen que hacer determinadas pruebas, con nombres cada cual más apasionante que el anterior. Luego la pasión se pierde por el camino, pero es que esto no son urgencias...

Hoy pude presenciar la realización de un electrocardiograma.
Un electrocardiograma es un examen que lleva a cabo una representación gráfica de la actividad eléctrica del corazón.
En el hospital por lo general hay muchos pacientes que ya se encuentran monitorizados y por tanto no se les realiza este examen.

Está fibrilando. Se nos va. Piiiiiiiiii...


Es bastante interesante, sobre todo si pasa algo, que empiece a pitar y haya acción en la habitación.
Por supuesto esto solo pasa en las series y no en la realidad, y si pasa no será en paliativos, y mucho menos aún en tu turno.

Para llevar a cabo la prueba hay que conectar los electrodos a determinados puntos del cuerpo.
En un ECG normal hay 10 electrodos colocados en distintas partes del cuerpo:


  • Electrodos periféricos:
Son cuatro y se colocan en las extremidades, evitando prominencias óseas en su parte más distal.



  • Electrodos precordiales:
Los colores SI importan.
Son seis y se colocan en torno al corazón en unos lugares específicos:
V1: 4º espacio intercostal a la derecha del esternón.
V2: a la izquierda del esternón a la misma altura que V1.
V3: entre V2 y V4.
V4: en el 5º espacio intercostal izquierdo bajo la mama-línea medio clavicular.
V5: entre V4 y V6.
V6: en el 5º espacio intercostal izquierdo en la línea medio axilar.



Lo primero que hay que hacer después de colocar los electrodos es ver que todos funcionan correctamente. Entonces se le dará al botón que haga la impresión de la gráfica.
Según mi corta experiencia es justo al presionar el botón cuando todos o casi todos los electrodos fallan simultáneamente.
Como resultado se obtiene una gráfica más o menos similar a la de la imagen, junto con 17 intentos fallidos que pasan a ser reciclados o reutilizados en cualquier función imaginable.

Una de las primeras cosas que hay que hacer nada más obtener la gráfica (además de revisar que todos los electrodos funcionaron bien) es buscar la onda P.
La onda P es la señal que corresponde a la despolarización auricular, y su ausencia puede ser indicativo de una fibrilación auricular, que sí, es bastante grave. También puede ser que el electrocardiógrafo te esté vacilando, que se dan casos.

Tras esto, te llevas la gráfica, pero dejas colocados los electrodos, porque parece ser (cosa rara) que en varias ocasiones es necesario repetir el examen, porque la gráfica o la máquina están mal. O ambas. Y se dejan los electrodos conectados para no hacerle al paciente un doble afeitado innecesario en el pecho que, todo hay que decirlo, a más de uno no le vendría mal.

Fuentes:

lunes, 30 de noviembre de 2015

Los lunes al sol

Contra todo pronóstico, después del domingo llegó el lunes.
Y cuando pensabas que ya te habías hecho a los madrugones, a la oscuridad y al frío, te despiertas (o más bien te despierta tu reloj biológico) 5 minutos antes de que suene el despertador.
Y te das cuenta de que estás congelado.
Te aferras a las sábanas tratando de calentarte y descansar en apenas 4 minutos (la razón no funciona a horas tan tempranas) y tras fallar estrepitosamente en tu intento te dispones a empezar una nueva semana.

Lo creáis o no eso de que haya 0 grados en la calle ayuda enormemente a tus ganas de empezar la jornada con pensamientos como "a ver cuando llego a ese maldito hospital que de la estufa no me separa ni la supervisora".
Efectivamente en el hospital te encuentras con un microclima típico de las Canarias con una temperatura constante de 27º, que tiende a descender cuando a algún ilustrado se le da por abrir las salidas de emergencia del pasillo, para hacer "corriente". Al último que lo hizo lo deportamos a Siberia.

Una vez en el hospital lo primero de todo es firmar, porque tú no vas a pasarte allí la mañana para que luego te pongan faltas de asistencia. Porque, y esto es importante, allí a nadie, absolutamente a nadie, le importa si vas o no. A nadie. Solo a la profesora asociada, que es la que pone las notas a tu mes y medio en prácticas y a la que solo ves dos días. Lógica pura.

Justo después de firmar te vas a ver lo más importante. El libro de incidencias. Porque tú te vas a encargar de ciertos pacientes y te interesa saber si hay ingresos, traslados, altas... o muertes. Y por desgracia hay de esto último.
Es especialmente duro cuando ves que ha fallecido un paciente que habías llevado desde tu primer día, con el que habías hablado y reído. Un paciente con el que hablaban de continuar un tratamiento durante 1 año, y que en poco más de 3 días sufrió un espectacular empeoramiento. Es impactante los cambios que puede sufrir una persona en solo unas pocas horas, pasando de pasear por los pasillos a estremecerse de dolor en la cama. Pero para los demás la vida sigue (y menos mal).


Así que también seguimos nosotros (o más bien empezamos), con la maravilla de tomar controles matutinos. Ayuda mucho entrar en la habitación y que familia y paciente ya estén despiertos, pero eso no siempre pasa, y con muchos pacientes no tienes la certeza de que se vayan a despertar ni siquiera con el incomodo manguito de la tensión. Cuando estás con alguno ya te das cuenta de que te van a salir valores muy anormales y buscas por todos los medios silenciar las mil y una alarmas que tienen los malditos aparatos. Que cada vez que sale alguien con una tensión del estilo 40/20 (que los tiene habido) la alarma la escuchan en todo el hospital y alguien en la cafetería comenta "uf, ese está fatal".


Una vez tomadas las constantes y solucionadas todas las emergencias de primera hora (que para ser tan temprano hay unas cuantas) toca pasarlo todo al ordenador. Y te encuentras con un programa que es más viejo que el ordenador. Con aquellas ventanas típicas del Windows 95 y con unos dibujos que te recuerdan al primer videojuego que heredaste de tu tatara-tío. Simple, fácil de usar y sobre todo simple (otra vez).


Y luego a esperar, si hay suerte, porque seguirán surgiendo cosas que hacer, cosas que pinchar, cosas que purgar, cosas que limpiar... Hasta que podamos pasar visita con el médico y los proyectos (que como nosotros siempre van un poco perdidos). Digo podamos porque los avistamientos de médicos por un pasillo son casos extremadamente raros, así que si ves alguno síguelo porque probablemente ya haya visitado la mitad de tus habitaciones sin que nadie se haya enterado.


Una vez hecha la visita se procederá a revisar todo lo que los pacientes tengan clavado en sus carnes: vías, catéteres, sondas... Aunque este paso puede sustituirse con un "está todo bien" fruto de la pereza y la vagancia. También puede ser que se hagan curas de heridas y úlceras (que en los pacientes de paliativos no son precisamente escasas), pero por lo general es suficiente con impedir el avance de la herida y que así esta no produzca olor.

A media mañana llega el momento de la medicación de las 12, que puede recibir el nombre de sangría. No porque abunde la bebida (que también, de ahí la cara de idiotas felices que llevamos a partir de la una) sino porque son escasos los días en los que ningún pobre enfermero se deje unas gotas de su preciada sangre en el suelo de la sala. Todo son objetos de tortura.

No hay nada acolchado, ni gomaespuma, ni cosas blanditas. Todo pincha, rasca o es potencialmente venenoso. Esto convierte a una sala de enfermería en un paraíso de emoción para cualquier bebé explorador y provoca una crisis histérica en cualquier madre (incluida la tuya, que "ojo con los cristales").

Una vez pasado el apuro sin haber perdido la integridad de la piel se reparte toda la medicación, y es posible disfrutar de unos segundos de tranquilidad. Luego vuelven a surgir las emergencias (que misteriosamente solo aparecen cuando pareces tener unos minutos de tranquilidad).
Si dejas todo solucionado, tratamientos confirmados y medicación lista puede que, y solo puede, consigas escaquearte unos minutos antes de la hora de salida.
Pero solo unos minutos eh, lo de salir una hora antes (o más), eso NUNCA.
Ante todo, seriedad...

¡Ya está aquí, ya llegó!

Y no, no me refiero a la Navidad, ¡sino a mi primera analítica! Y no es por fardar, pero ha sido todo un éxito. Aunque sí, las Navidades están a la vuelta de la esquina, 3 semanas más de prácticas y se acabó el primer cuatrimestre de Enfermería. Qué rápido pasa el tiempo... y bastaron justo dos semanas para que mis compañeros de prácticas me incitasen a hacer yo la analítica (que también iba siendo hora). Allí fuimos los tres, con la batea y todo el material necesario. Primero nos aseguramos de que la vena realmente era una vena. Bien, primer paso y todo en orden. Segundo paso, quitarle la seguridad a la aguja y pinchar con el bisel hacia arriba. Correcto, casi nada más pinchar ya subió la sangre. Llené el tubo que me pasaron (se llena hasta que cesa el chorro), pedí el siguiente, pero no había más... Solo se necesitaba uno, y aunque suene sádica, quería sacarle más. Supongo que me hacía ilusión al haberme salido bien. Un trabajo tan bien hecho para solo sacar un tubito de sangre... 

Nah, estoy bromeando chicos, al señor bien le llegó. Que conste que le pregunté si le dolió y dijo que apenas (aunque con esto de preguntarles el dolor que sintieron con una tarea específica ya deciden ellos si mentirte o decirte la verdad), también porque si reciben un buen trato y les explicas lo que vas haciendo ellos te lo agradecen, y seré una pesada con esto de la amabilidad hasta la última de mis entradas de este blog, porque no es lo mismo cagarla habiendo sido amable, que cagarla habiendo sido una borde. Una vez hecho, se le pone la pegatina de identidad del paciente al tubo y a la hoja de petición de la analítica, se pega el tubo por detrás con esparadrapo y se envía a laboratorio. Y ya está, así fue mi primera analítica (al menos no hubo ningún desmayo ni hemorragia ni el paciente acabó en UCI). 

Para continuar el día y ya justo cuando nos íbamos, una auxiliar (muy maja ella también) nos preguntó a los de prácticas si queríamos ir a poner un enema por sonda. ... Fuimos. Era la primera vez que veía uno, así que le dejé los honores de introducírselo a mi compañera, la cual después me lo agradeció (no). Fuimos con la auxiliar a la habitación y nos encontramos ya con la paciente colocada en su posición de asalto, también llamada más técnicamente: "decúbito lateral izquierdo" (imagen inferior).


Al principio hubo trifulca sobre qué sonda utilizar, si la que traía la auxiliar o la que tenía allí la paciente. La paciente quería aquella, y la auxiliar que nada, que se utilizaba la que habíamos llevado nosotras. Tras 3 minutos discutiendo, hicimos lo que quisimos y utilizamos la que había que utilizar que era la nuestra. Pues nada, simplemente es lubricar la sonda e introducirla. No tiene nada de complicado la verdad. Luego coges la botella de plástico con el enema y lo enchufas a la sonda, apretando la botella para que se vaya vaciando. Tarea fácil si la paciente se deja. Ésta dejar se dejó, aunque un poco quejica fue, pero bueno, si contamos quejicas... digamos que "habelos hailos".

Cuando te clavan "una aguja" por la espalda

¿Cuántas veces hemos escuchado esa expresión? Ninguna, sin embargo, ¿cuántas veces escuchamos "te clavan un puñal por la espalda"? Demasiadas como para contarlas. Pues veréis, yo llegué a la conclusión de que ésta última fue sacada a raíz de la primera, y si alguien me lo quiere rebatir primero que vea la aguja de una toracocentesis. Estoy casi segura de que es más grande la aguja, y aún por encima es peor porque tienes el conocimiento de que te van a pinchar algo y te empiezas a poner tenso porque escuchas el ruido de cuando van abriendo las cosas y preparándolas, dejándolo todo listo, exponiendo tu dulce y bella espalda a la intemperie de aquel monstruo que coge esa aguja-puñal-espada y te la clava sin sentir pena alguna. No, en serio, debe doler bastante. 

Una toracocentesis se basa en una punción quirúrgica para evacuar por aspiración el líquido que se acumuló en la cavidad pleural, es decir, el espacio que queda entre el revestimiento externo de los pulmones y la pared torácica. No necesita preparación especial, simplemente no toser ni respirar profundamente durante la punción, ya que se pueden realizar daños al pulmón. El proceso es el siguiente:





1. Sentado en el borde de una cama o silla. los brazos apoyados en una superficie a la altura de su pecho y descansando la cabeza sobre ellos (1ª imagen). 

2. Se limpia la zona donde va a ser realizada la punción y se inyecta un anestésico local.

3. Procedemos a la punción hasta el espacio pleural.

4. Extracción del líquido con aguja y jeringa (2ª imagen), que podrá ser enviado a laboratorio para su análisis. 

En la última imagen podemos ver la diferencia en una radiografía de cómo se encuentran los pulmones antes y después de una toracocentesis. Se realiza básicamente porque el exceso de líquido en esa cavidad pleural puede provocar dificultad respiratoria, ya que ejerce presión sobre los pulmones impidiendo así su expansión mientras respiramos.


Bibliografía: 

jueves, 26 de noviembre de 2015

Love actually

Cuando nos hablan de amor todos pensamos en esa imagen empalagosa de dos jóvenes pegajosos que te recuerda al sabor de una mousse de 3 chocolates, a esa película de Disney Channel, al día de San Valentín...
El amor tiene un lado fundamentalmente bueno, pero también tiene un lado malo.
Hablo de ese mal vivir que te da querer a alguien y que eso te haga a ti sufrir, sentir dolor e impotencia.
Yo me paso la mañana haciendo las prácticas en la unidad de cuidados paliativos. Puede llegar a ser muy deprimente y no he dejado de mostrar mi opinión al respecto en múltiples ocasiones.
Pero hay personas que pasan allí mucho más tiempo. Muchísimo más. No son auxiliares, médicos ni farmacéuticos.
Son las familias.
Muchas veces hemos oído eso de "en la salud y en la enfermedad", pero es realmente duro estar en esos momentos difíciles con alguien a quien quieres. Tú te imaginas en esa misma situación con tus padres, tus hermanos o tus mejores amigos y solo la simple idea hace que se te forme un nudo en la garganta y se te oprima el pecho.
Hay familiares que ya están allí durmiendo cuando paso yo a tomar controles a las 8 de la mañana (que un día de estos me lanzan un zapato a la cabeza), y siguen allí cuando me voy a las 3 (hora más, hora menos). No salen del pasillo ni para comer, es una cosa alucinante.
Pasarte las 24 horas de todos tus días viendo a un ser querido en sus últimos momentos, que casi no puede ni reconocerte. Eso sí que es amor.

Pero en esos momentos tan complicados los familiares también sufren ciertas transformaciones, y (siempre dentro del cariño, espero) se convierten en un tipo específico de familiar. De estos tipos voy a hablaros:

  • Realista: este se ha leído la wikipedia para entender lo que le pasa a su familiar, y tiene bastante claro lo que hay. No se espera nada del otro mundo y sabe cual va a ser la evolución. Sin milagros. Sin sorpresas. Lo bueno es que ya no lo vive como un drama pero a veces se desespera.
  • Pesimista: se parece al realista, pero tiene un toque particular. También entiende la situación que tiene su familiar. Más o menos. Pero se adelanta a los comentarios médicos que con mucho tacto buscan dar ánimos a la familia, y se lanzan a averiguar si hay algo, lo que sea, que pueda hacer que el proceso se esté alargando, aplazando la inevitable muerte. Y si lo hay, que se lo quiten. Entiendo que lo que buscan es saber si es posible acabar con el sufrimiento y llegar al final. Siempre desde el cariño. Espero.
  • Ausente: en las 7 horas (que sí, que son 7) que te pasas allí nunca has visto nadie acompañando a ese paciente. Alguien te dice que una vez había alguien pero no te lo crees. Es un poco triste, como que lo dejan allí abandonado y a lo mejor no aparecen ni para el alta... Un día mágicamente te los encuentras al pasar visita, y a lo mejor no tienen ni idea de la situación del familiar. 
    Este es el sillón del acompañante. Si es que hay sillón.

  • Paciente: este en un caso muy curioso de familiar. Tú entras en la habitación para ver como esta el paciente. Pero en tu inmensa ignorancia e inexperiencia no te has dado cuenta de que el verdadero paciente es el familiar. Desde el minuto 0 te comenta sus múltiples y numerosos dolores, como pasan de él en atención primaria o como tiene que soportar unas condiciones nefastas mientras acompaña a su familiar en ese hotel de lujo al que llaman unidad de paliativos. Tú te quedas tan descolocado que no sabes si reír o llorar. Piensas que puede ser una broma de cámara oculta, pero la seriedad del familiar mientras te comenta sus males es real. Acabas todo lo que tienes que hacer y mientras cierras la puerta te sigue hablando de sus traumas y dolencias. Llegas a dudar sobre si hacer un anexo a la historia clínica del paciente para hablar sobre el familiar.
  • Portero: este familiar es consciente de la situación del paciente. Y además suele darse el caso de que este pasa casi la totalidad del día sedado dormido. Y está en una habitación individual, así que claro, se acaba aburriendo. Hasta tal punto que se posiciona delante de su puerta para que en el caso de que algún ser vivo pase por delante pueda atraparlo con sus redes bajo la apariencia de un familiar triste y compungido. Le da igual que sea un médico pasando visita, un enfermero con morfina en la mano, una auxiliar cargada de cosas... Una vez te ha capturado tienes para unos 20 minutos. Y lo más curioso es que probablemente te hable de casi cualquier cosa menos de su familiar moribundo. En el caso de que se encuentre el pasillo desierto puede llegar a vérselo visitando habitaciones de vecinos para ver como les va la cosa. Me parece una buena forma de pasar el rato.
  • Turista: hay un tipo muy curioso que se toma la hospitalización de su familiar como una aventura de la que disfrutar. Y ni cortos ni perezosos se establecen en la habitación como campistas. Que pasas a tomar los controles de la mañana y cuando te vas están más dormidos que cuando llegaste, mientras el paciente se queja continuamente de dolor sin haber pegado ojo en toda la noche. Tienen allí un petate que no te lo llevas tú ni para una semana en Gandía. Y pueden llegar a extender su territorio hasta el pasillo, donde mantienen largas conversaciones telefónicas comentando como va todo, dignas de "hola mamá, todo bien. Las comidas bien. Sí, también dormimos bien (al menos yo)" típicas de un niño de primaria llamando a sus padres en una excursión. Que, y esto es lo más llamativo, tienen hasta zapatillas de casa. ¿Como os quedáis?

  • La conexión funciona hasta cuando los dos están dormidos.
    Tele(m)pático: este familiar tiene unos poderes telequinéticos asombrosos. Todavía espero que algún día venga Iker Jiménez a hacer allí un programa especial y nos entreviste a todos. El paciente al que acompaña está dormido no, lo siguiente. Sus ronquidos se escuchan en todo el pasillo y tú te mueres de envidia, que ya te molaba a ti dormir así de bien. Pero él te avisa diciendo que tiene mucho dolor. Tú vas allí y le preguntas, claro: "¿pero te lo ha dicho él?". La respuesta es una aproximación a "no, pero se le ve en la cara". Yo no sé que ve esa gente en las caras para detectar dolor, yo solo veo la baba que les va cayendo por la boca de lo dormidos que están. Pero, ¡ay pobre de ti como les ignores! Que si dicen que le duele, es que le duele, así que al final tienes que darles calmantes. Motivo: "complacencia familiar".
  • Amante: pues más explícito imposible. Esta allí para satisfacer todos y cada uno de los deseos del paciente. Sí, TODOS los deseos del paciente. Desde que necesita pañuelos, hasta que le pica en determinadas partes. Algunos acompañantes merecen un plus de peligrosidad (esas camas son muy inestables). Ahí lo dejo.

Muchos son los tipos de familiares que te puedes encontrar. Todos con sus particularidades y sus problemas, pero todos están ahí por una razón, y es ayudar y acompañar a aquellas personas que más les importan en momentos que no son agradables para nadie.
Son momentos en los que estar ahí cuenta, y mucho.
Continuará...(?)